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t) E AMOP JuÉ desdicha! -pensó María al acabar de leer la carta aquella en la que Jorge decíala lo solo que vivía, lo ahogado de recuerdos, allí en Ombrajosa, en el derruido castillo rodeado de pinos... ¡Pobre Adela! -siguió pensando mi heroína. ¡Si desde el cielo se ve, y soy de los que creen en corrientes misteriosas de un alma á otra; si desde el cielo se ve, cómo seguirá amando la pobre Adela á su fidelísimo Jorge! ¡Qué placer si yo ne casara y me muriera, y mi viudo me llorara así! -dicen que dijo en un brote de sentimentalismo é ingenuidad femenina. II y echábase atrás aquellos ricitos rubios que parecían como el nimbo con que nos presentan las grandes virtudes de los cielos, como si al agitar los cabellos en arrogante movimiento de cabeza y destaparse la frente, consiguiera sacudir sus dtidas y despejar sus pensamientos. ¿Era amistad? ¿Era amor? ¿Era la poesía de una vida condensada en una gratitud? Y por centésima vez leyó la última carta de Jorge, que decía así: María de mi alma, de mi vida 3 de mi corazón; ¡Qué hubiera usted podido hacer que nos atara más! Es usted muy buena, muy buena; un ángel bendito que sabe sufrir con el que sufre. Todos los amigos me han ido abandonando; y usted ¿por qué no me abandona también? Es usted joven, guapa, debe usted pensar sólo en reír, y sin embargo, me ofrece usted su corazón para llorar, para llorar conmigo á aquella santa cuyo culto sólo usted y yo sabemos guardar. Fuensal me escribió días pasados. El padre y la hermana de mi pobrecita, de nuestra pobrecita Adela, ¡de color y en el Real! Sólo usted, usted sola, María de mi alma, ha sido la única persona que ha fundido su devoción con la devoción más grande de mi vida. Usted, usted sola ha pensado en pedirme su pelo, su pelito negTo para besarlo cerrando los ojos y figurarme que la beso á ella. Dios se lo pague, María! Para un escéptico á la moderna, podría ser esto nada más que una delicadeza; para mí, templado por un carácter esencialmente romántico y soñador, es algo más, es algo que no diría á usted si no la creyera sublimemente grande; es algo sobrenatural ó divino, así como inspiración del cielo; algo que es para mí como tener su alma de usted ante mis ojos, estrecharla contra mi corazón frenética y religiosamente, é irla adosando, inculcando, fundiéndola con la mía, cobijándola y escondiéndola para mí sólo dentro del pecho... ¡Ah, si viera usted, María, cómo hago tangibles las almas que adoro! ¡Si supiera yo decir con la nobleza que lo siento todas mis emociones al leer el párrafo en que me ofrece rezar por ella! Siento verdadera ansia de que llegue el día 20 para confortarme con sus palabras como con sus cartas, que riego de lágrimas... III Llegó el 20, y con él Jorge á casa de los padres de- liaría, quien de luto por su amig a del alma, más riguroso aquél que los días anteriores, esperábale impacientísima y turbada. Un abrazo estrechísimo y un silencio absoluto sirvió de prólogo á la frase que alg- ún tiempo después y con su vehemencia de siempre decía convencídísimo á María el viudo de Adela, paseando por aquellos mismos pinares y á la opaca luz de la misma luna, que impávida desde su altura contemplaba con gesto de idiota indiferente aquella escena tantas veces repetida. No, María mía, no hablemos de morir... ¿Crees tú que resistiría yo tu muerte? Y María, completamente vencida, le miró confiada con mirada joven, larga, brillante, llena de fuego y simplicidad amorosa... J U A N VALERO DE TORNOS DIBUJO DE ALBERTI vS