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AY quien se consideraría indigno de llevar su apellido, mirándose con cierto desprecio, si no cumpliera con uno de los más característicos mandamientos que nos enseña la rutina, y es á saber: no dejar de visitar en vano la pradera de San Isidro en día de romería. ¡Cómo es posible nO asistir á estas fiestas de precepto! Y claro está que lo de no visitarla en vano, que dice el mandamiento, se refiere á que el feligrés debe hacer uso y abuso de bebidas más ó menos tónicas; hincarle el diente, si es que puede y la parte contraria se lo permite, á las tan acreditadas rosquillas de la clásica tía Javiera; dedicarse al solaz y recreo de los columpios, tíos Vivos y montañas rusas; retratarse en fotografías á la intemperie, vistas impresionar, y marearse, si es su gusto, bailando al son que le quieran tocar las sociedades de cuartetos que pululan por la Pradera. Es también de ritual, absolutamente indispensable, que el feligrés compre un pito con la cabeza de algún ministro de la situación, ya que no le es posible conseguirla de otra manera, y un botijo simbólico de forma caprichosa, para que se pueda beber con cierta ilusión. El que observe en todas sus partes este mandamiento, podrá con razón aspirar al título de perfecto isídrísta, que quiere decir hombre qzie tiene p 2i esta su fe en la romería de San Isidro, y por el qtie no pasan años. El isidrista es, como nadie, el fiel guardador de nuestras tradiciones. No sólo cumple con la rutina en estos días, sino en todos los demás de precepto y ya consagrados. Es el primero en asistir á la fiesta de San Antón para ver cómo van enjaezados los jacos y los jinetes, los burros y sus amos; en Carnaval forma parte del brillante cortejo del entierro de la sardina; ocupa siempre el mejor sitio para admirar á su gusto las procesiones del Viernes Santo y Corpus; oye la primera misa por las víctimas del 2 de Mayo, leyendo en ese día ha- sta cuatro ó cinco veces, para saturarse de amor patrio y odio al invasor, las famosas décimas de Bernardo López, y se descubre respetuosamente al pasar los milicianos; no pierde ocasión todos los sábados de saludar á los Reyes cuando van á la Salve, y es el primero en acudir á las vistas famosas de crímenes de gran espectáculo. ¿Cómo es posible que un hombre tan celoso de sus deberes falte á la romería de San Isidro? ¡Antes se hacía canalejista el marqués de Vadillo! Muchos dicen que eso es lo típico, lo genuiñámente español y nuestro, casi lo gubernamental. Exactamente nos pintaba el inglés de que hace referencia Benavente, cuando explicándole unos amigos que á la Pradera le llevaron, cómo mientras San Isidro estaba en oración los ángeles le labraban la tierra, respondió; ¡Oh, qué milagro tan espafioll LUIS ijInUJO DE XAClJAaÓ GABALDON