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Á I! PUERTA DE HIERRO ERRANDO la carretera del Pardo á vmos cinco kilómetros escasos de Madrid, se alza la modesta Puerta, con cierto alarde luoniuuental que 11.0 engaña á nadie. Para llegar hasta allí hay Cjue pasar todos esos sitios ale gres y amenos que bordean la carretera á orillas del Manzanares. I rimero la Florida con sus inacabables lavaderos, llenando de una nota de blancura flotante la orilla izquierda, las isletas arenosas que salpica el río, y el hueco- de los puentes de piedra que allá abajo tienden sus moles obscuras; más allá, la doble fila cíe merenderos de la Bombilla, con su continuo estruendo- de pianillos y su algazara dommguera; después los amplios Viveros henchidos de oxígeno; y huertas á un lado y otro, rincones verdes y apacibles en que rechinan las norias en una soledad bucólica en que se espacía largamente el manso mugido de las vacas trabajadoras. El arrecife está sombreado por copudos plátanos 3- olmos gigantescos de troncos ahuecados; detrás de los setos de zarzamoras v de acacias enanas, se oj e el son alegre del agua que corre llenando los surcos y las albercas, rebosando en las cunetas, haciendo anchos remansos alrededor de los troncos que el limo moja con su claro verdín... En las rinconadas de este camino de la salud y de la paz, hay unas barracas de madera apoyadas en los setos de las huertas. En toscas mesillas comen al sol obreros que van con susanujeres y sus. chiquillos; comen del rubio pan y de las frutas compradas allí mismo, y beben un vino que tiene el color del jugo de las granadas; una turba de gallinas blancas picotea entre los pies, y unos pájaros de largas colas azuladas lanzan alegres gritos en las copas de los árboles. De vez en cuando pasa un automóvil con su rítmico trepidar, dejando una nube de gases y de polvo; luego algún ciclista dando bocinazos entrecortados y algún que otro carruaje de luj o en que pasean graves personas muellemente tendidas y abrigadas. Los obreros miran todo aquello sin rencor: ¡también ellos son felices! El ancho rayo de sol, el pedazo de pan rubio como las mieses, la fruta recién comprada, el frasco lleno de vino, las gallinas que picotean, la alegría de los suyos que se bañan en aire, las monedas de cobre en el bolsillo de la blusa... ¡y á vivir! Pasada la Ptierta de Hierro, el bosque se dilata con aspecto bravio de verdadera grandeza. Los, encinares, los quejigos, los claros poblados de retamas grises y amargas, los prados de hierba otoñal donde escarban los conejos por la noche; aquella suntuosidad arbórea de la que asciende un gran olor áspero que trae gérmenes profttndos. -de salud y de energía á la. humana máquina debilitada y doliente, son para la masa sedentaria el mejor sanatorio. Una extensa alameda que llega hasta el puente de la carretera de Galicia, á la orilla del Manzanares, por allí claro y diáfano, es el sitio donde los grupos populares se solazan á s u s anchas. En fogatas que hacen con leña seca que arrastra el río, gtiisan su comida; corren y juegan con estruendo libre; duermen sobre la arena, tan blanca como la sal de las salinas. Y allá en el lejano fondo, empenachada de nubes y neblinas, la sierra altísima con sus nieves y sus peñascos se alza formidable, como una protesta eterna de esta calumniada Naturaleza de Castilla, á la que una ignorante rtitina le negó siempre sus encantos. JOSÉ DXBUrO DE KOGALES