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I E conocí y le quise. Era un carácter. Envuelto en su andrajoso vestido, que sólo por ironía podía recibir sin menoscabo de la dignidad el nombre de tal, andaba por el mundo, sin preocuparse de lo que el mundo dijera de él viéndole sucio, desa. strado y en ruda oposición con todo lo que fuera normalidad, sumisión y adaptamiento. Decían que estaba loco. ¡L- oco! ¿Quién sabe lo que es eso? ¿Son ellos? ¿Somos nosotros... ¿Su nombre? Como el de cualquiera: López, Fernández; es lo mismo. Dentro llevaba un artista. Un artista de espíritu amplio, de grandes aspiraciones. No concebía obras pequeñas; sus cuadros, de los que nunca pudo hacer más que bocetos, eran siempre de muchos metros de lienzo, y sus asuntos, hondos, llenos de filosofía, generalmente amarga. Si alguna vez le hablaban de hacer cosas que pudieran mejorar su suerte, contestaba con arrogancia: Prefiero la gloria sin pan, al bienestar sin laureles Euchó por salir de la obscuridad, por romper el anónimo; pero sus esfuerzos se estrellaron contra esa muda y fría resistencia que encuentran siempre en su camino los, que lo ernprenden animosos, fiados en sus propias fuerzas y sin contar con la ayuda de nadie. Así era y así vivía. Dejé de verle, hasta que un día, pasado bastante tiempo, hálleme con él y mi asombro no tuvo límites. Encontré al pintor afeitado, limpio, peinado con pulcritud y luciendo un traje flamante. Por todos los detalles de indumentaria, parecía un dmtdy. Un oso con monóculo y sombrero de copa me hubiera hecho reír menos. Me invitó á almorzar, acepté lleno de estupefacción, creyendo que todo aquello no sería más que una broma. De sobremesa, no pudiendo resistir por más tiernpo mi curiosidad, decidí interrogarle. -No me choca tu admiración por mi cambio- -me respondió con sonrisa un tanto amarga; -3 o también me admiro; pero las circunstancias mandan, y á mí me han llevado hasta el crimen. Para conseguir esta transformación he tenido que cometer un asesinato. H e matado mi otro yo. El artista ha muerto. Ya sólo vive el pintor. Llegó un momento en que el hambre y los acreedores me perseguían como á una bestia feroz, enf- ordeciéndome con sus aullidos y dispuestos á desgarrar mis carnes con uñas y dientes si no les daba i.i go con que saciar su apetito. Yo no podía soportarlos. Luché como luchan los valientes, pero el combate era desigual. Yo solo; la sociedad entera contra mí. Mis armas, una paleta, unos pinceles y un mundo de ilusio-