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Romaneo estaba justamente en el centro de una fila, y cuando menos lo esperaba, vióse rodeado por señoras, todas guapas y todas elegantes; por lómenos, elegantes y guapas le parecían á Romarico. A la derecha de éste se sentó una mujer de arrogante presencia, alta, morena, de cabello neo- ro y envuelta en un magnífico abrigo de raso forrado de pieles; á la izquierda tomó asiento una niña rubia, de OJOS azules, de tez nacarada, y que parecía figurita de retablo; también llevaba abrigo de pieles. La morena iba en compañía de su marido; á la rubia le acompañaba su padre. Esto es, por lo menos, lo que Romaneo supuso, pensando piadosamente de la una pareja y de la otra. Como SI ambas obedeciesen á una misma voz de mando, la rubia y la morena arrojaron airosamente y con desenfado de buen tono en los respaldos de las butacas sus abrigos respectivos, y un olor insoportable, mezcla de alcanfor y de naftalina, impresionó repentinamente el nervio olfatorio del desdichado Romaneo. Si tratando de evitar el ambiente alcanforado volvía su rostro hacia la izquierda iban a henrie cruelmente en la pituitaria los miasmas de la naftalina, v viceversa. Martirio era aquél con el cual ni remotamente había contado Romarico y que, sin embarg o, es muy frecuente en los prin cipios de temporada, cuando sin las necesarias precauciones, adoptada s en obsequio del prójimo salen a relucir abngos cuidadosamente guardados por mujer temerosa de la polilla. Para remate de fiestas, la morena y la rubia llevaban, según e. -íigía entonces la moda mano- as terminadas en dos formidables globos, de cero y cincuenta de diámetro, con las cuales y sin ellas pretenderlo ni poderlo excusar, no cesaban de hacerle cosquillas en las orejas. Las señoras que delante de Romarico se sentaron, y á las que no llegó á ver la cara, ostentaban sombreros monumentales, con la fauna y la flora de cualquier región aniericana- con lo que dicho e esta, que para el infeliz hubo eclipse total de escenario. En cuanto á las hembras que ocuparon las butacas postenores, solo pudo decir que ambas tomaron tranquilamente el asiento de Romarico para banqueta, y que no cesaban de darle puntapiés desde que llegaron. Por supuesto, que ellas no lo hacían a mal hacer, no; ni se enteraban siquiera; creían buenamente que aquella butaca estaba allí para eso, y que no molestaban á nadie colocando los pies en ella. Acordonado de tal modo, y teniendo en cuenta que ninguna de aquellas seis damas cesaba de charlar en voz alta y de reír a carcajadas, dicho se está que Romarico no losjró ver una sola es -ena de la función segunda. Para entretenerse de algún modo, sacó el periódico que en el vestíbulo del teatro había comprado y la primera noticia con que tropezaron sus ojos fué la siguiente: Lafesiade los ladro 7, es. -Hoy, día festivo, han celebrado los cacos su fiesta dominguera de costumbre, robando en una de las habitaciones de la calle de Tal, número Tantos, mientras los iiiquilinos se expansionaban en los paseos. H- 1 noche. se sabrá lo que han robado los ladrones. la casa número i- ia... IV Todo se redujo á una falsa alar. na. El noticiero había trocado el número de la casa, y en vez de 17 escribió 71, que no es precisamente lo mismo. Romaneo, que sin pararse en barras había salido como una exhalación del teatro, produciendo en los expectadores extraneza y aun susto, se tranquilizó cuando supo que lo del robo no iba con el- pero no volvió al teatro, y se metió entre sábanas renegando de los noticieros que alannan, y de los sombreros grandes y de los pies pequeños y mal criados, y sin poder librarse en toda la noche del maldito- or de la naftalina. AKTONIO SÁNCHEZ PKRKZ riIDUJOS DE E TEYAr