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en un verbo despachó las atidieucias todas. Un saludo afectuoso, un cambio de sonrisas, un expresivoapretón de manos, tal cual palmadita en la espalda de los privilegiados, y las palabras descuide usted estoy en hacerlo la primera ocasión que se ofrezca será aprovechada etc. etc. todo esto equitativamente repartido y como automáticamente hecho, constituyó la audiencia tanto tiempo esperada. De suerte, que todos y cada uno de los que allí habían acudido salían completamente seguros de que Su Excelencia no se había enterado absolutamente de nada, y de que si algo había comprendido por la mayor insistencia de un pretendiente obstinado, lo había dado al olvido el excelentísimo señor antes de salir de la sala. Por fortuna para Romarico, su pretensión le interesaba poco; no hacía gestiones por cuenta propia, sino por encargo de un antiguo condiscípulo suyo que residía en provincias, y que solicitaba un ascenso, al cual tenía p e r f e c t í s i m o y completo derecho; que era de j! ley y de justicia concederle; y que, está claro, con tales ¡condiciones, tenía lo bastan, te para no conseguirlo nunca. De esa manera se lo comuníj có al interesado al salir de aquella audiencia insípida 6 v incolora; y cumplido ese triste deber de compañerismo, sin derraviar una lágrima á la inc moria de aqtiél, c o m o el p e r s o j naje de Narciso Serra, decii dio comer en Fornos, proponiéndose que aquel gaudeamus fuese la última calaverada del día. Pero ¡ay! el hombre propo p: rf ne y Dios dispone; Romarico se había propuesto volver á su hogar solitario aquella noche, á la hora acostumbrada, minutos más, minutos menos; y cuaiido se preparaba á realizar tan prudente determinación, cátate que se acerca á él un compañero del casino y le i pregunta: ¿Tiene usted algún compromiso para esta noche? -Hombre, replicó Romarico algo amostazado, yo no tengo compromiso ni esta noche ni ninguna otra. -Quiero decir, si tiene usted ya decidido dónde va á pasar la velada. -Sí que lo tengo decidido: en usted, y á donde me voy ahora n- -Eso sí que no, amigo mío, es rio que acceda usted á introduci variante. Yo tengo hoy butaca p solutamente preciso que esa butaca, regalada por un au tor, aparezca hoy ocupada. Yo no puedo ocuparla, perqué debo acudir á una cierta cita que me interesa mucho: como le interesaría á usted en igual caso. Con que, nada, lo dicho: usted se va á la Zarzuela, pasa usted un buen rato sin costarle dinero, me hace u s t e J un favor, y yo le quedo agradecido y obligado. Y no hubo tu tía. Romarico aceptó la butaca y se resignó á recogerse tarde. Así como así, pensó, hoy no hay nadie en casa y á nadie causa extorsión este retraso. E. stáde Dios que el día sea por completo de disolución. ¡Quién sabe! Puede ser que esas cosas del género chico me diviertan. III Y allá se fué: al teatro de la calle de Jovellanos. Ocupó su asiento, donde no obstante haber pasada con exceso la hora señalada para comenzar la primera función, reinaba la espantosa soledad de que nos habla el insigne autor de Constielo. Como los minutos pasaban y el público no acudía, pensó Romarico, no sin fundamento, que aquella noche principiarían las funciones por la segunda, visto que para la primera no había espectadores. Se equivocó: los artistas representaron al fin una zarzuelita para los acomodadores y para Romarico. el cual sintió más de una vez impulsos de interrumpir la representación gritando á los artistas: Basta, señores, basta; por mí no se molesten ustedes más; estoy satisfecho, y lo que falta de la obra lo doy por visto. Temeroso de que aquellos señores echasen á mala parte la desinteresada y caritativa advertencia, se contuvo y escuchó sin pestañear toda la obra, que, en verdad sea dicho, le pareció abominable. En el primer entreacto, es decir, muy cerca de las diez, comenzó á entrar gente.