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N 0 e 4 E TObEDANA (CUENTO Ú COSA ASÍ) era trasnochador Romarico, no, señor; no lo era. Muy al contrario: sin que fuese de los que se acuestan con las gallinas, gustaba nuy poco de pasar las noches en claro, y no asistió nunca á las cvartas de Apolo. Ni tomaba chocolate en el café á las altas horas, ni cenaba en el casino á la salida del teatro, y, por supuesto, ni tiraba de la oreja á Jorge en ninguna parte. Romarico, en sus años juveniles, tuvo muchas novias, no simultánea, sino sucesivamente; conste, en honra suya, esta aclaración; pero bien porque las novias lo dejasen, bien porque él dejase á las novias, Romarico llegó célibe á la que nombraba E. spronceda Ftuzesta edad dó amargos desengaños (ij o y renunció definitivamente á ser cabeza de familia, cargo para el cual no se consideraba con aptitudes necesarias y siificientes. Pero como, por otra parte, aborrecía cordialmente á las patronas, bajo cuyo poder había padecido mientras fué estudiante, solicitó y obtuvo ho. spitalidad en casa de un su amigo y hasta pariente, si bien al tal parentesco no lo alcanzaba un galgo, 3 con el amigo y con la familia del amigo habitaba; pagando su escote por supuesto, que tampoco Romarico era hombre dado á vivir de gorra. Pues, señor, ocurrió cierto día que la familia en cuyo hogar se hospedaba el solterón impenitente tuvo necesidad de trasladarse á Guadalajara y de permanecer allí algunas horas. El patrón y su esposa propusieron al huésped que los acompañase, pero Romarico, agradeciendo con toda su alma la franca invitación, que en otras circunstancias habría aceptado gustosísimo, no pudo acceder á los insistentes ruegos de sus amigos, porque andaba tras de ver á un excelentísimo señor ministro hacía ya muchos meses, y justamente para el día del holgorio había conseguido una audiencia. Como ni Romarico podía renunciar á la entrevista con Su Excelencia, ni á sus amigos era conveniente aplazar el viaje, se acordó por el consejo de familia en pleno, que (por aquellas veinticuatro horas y sin ejemplar) hiciera Romarico vida de calavera; que renovara sus travesurillas de estudiante cuando se emancipaba, por breve tiempo, de la tiranía de patronas avariciosas y groseras, 3- que, después de este paréntesis abierto en su existencia metódica y ordenada, tornase á la vida normal y ordinaria. II Y así se verificó, punto por punto. Nuestro hombre se desayunó en el Suizo; paseó por Recoletos; lej ó la prensa diaria y miró los mo? 2 í í de las ilustraciones en el casino; almorzó en el Inglés y comió en Fornos; nada, lo que él se decía á sí mismo, restregándose las manos como encantado de todo aquello: día de crápula, de verdadera crápula Eas horas transcurridas entre la de almorzar y la de comer, se deslizaron para Romarico en la antesala del ministerio, esperando con la santa paciencia de cualquier émulo de Job á que Su Excelencia pudiera ó quisiera recibirlo. Cuando 3 a desesperaba de lograr aquel disparatado honor y se disponía á poner término a t a n prolongada espera, un portero, profusamente adornado de galones de oro, anunció con voz reposada y g rave 3 sonora la llegada del jefe. Y llegó el jefe, efectivamente, y recibió en colectividad á las muchas personas que lo esperaban, y (1) o C 0 f; a i- arecida.