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ifef í LOS CORREDORES D E COMERCIO oíicio se mezclan en la oferta y la demanda sin otro interés que el de servir á sus clientes, están las aves de paso, las destinadas á sufrir irremisiblemente el cañazo de una liquidación ruinosa. Son los pobres que juzgan y predicen los sucesos según su criterio personal: los que entran en Bolsa diciendo ¡Esto es pan comido! y acaban por no tener pan que comer. Desde que se fundó la Bolsa de Madrid en 1831, sobre las mesas del café del Espejo, con dieci. séis agentes colegiados y dos docenas de comitentes, ¿cuántos de estos ilusos habrán desfilado por ella? Los bolsistas antiguos los conocen al llegar y saben por experiencia cuál es el calvario que les espera. La suma de energías que en aquel recinto se han gastado, la cantidad de esfuerzos que allí se han empleado en combinaciones falibles y fallidas, hubieran bastado quizás, bien dirigidas, á remediar no la ruina de un particular, sino la de la nación entera. Una tarde en la Bolsa, en días de agitación, vale por un curso de filosofía de la vida. Antes de que suenen los timbres y empiecen las primeras ofertas, atraviesa por los pasillos un viento de inquietud y de zozobra. Los que llegan aguardan en silencio. Barcelona viene muy bajo. En París lo han hundido un entero. Aparecen las grandes figuras de la banca, los que se reservan para las situaciones apuradas. Entran en el corro. Todos venden. Crece el pánico y funciona sin descanso la oficina de Telé- EL TELÉGRAFO D E LA BOLSA grafos. Van y vienen las órdenes, y parece que España entera desciende al fondo del abismo á medida que baja el signo de su crédito. Los peces chicos van arrastrados á la zaga de los capitalistas, y cuando llega la noticia salvadora, la reacción, el alza inevitable, para ellos es ya tarde. Los ujieres echan á los rehacios á las gradas de la plaza de La Lealtad y transcurre la hora oficial y se disuelve el corro de la calle y acaba la batalla del día. No hay muertos vistos no se muestra el dolor de las heridas. Disimulan heroicamente hasta quedarse solos, y cuando nadie los ve, al llegar á su casa, entonces cada hogar es un hospital de sangre. L U I S BELLO ULTIMA HORA. EN LA CALLE FOTOCRAriAS MUÑOZ UE BAENA