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quedó á obscuras, y al rostro del aterrado Leonelo se adhirieron dos como palmas de manos frías, palpitantes, y unos labios glaciales, yertos paraesierapre. Leonelo echó atrás la cabeza y se desvaneció, de terror, de superstición, de un miedo sobrenatural al beso funerario que recibía. Cuando recobró el conociii iento, -el criado estaba allí: había vuelto á encender la lámpara, cerradO la ventana, y á toallazos aturdido al mvirciélago, que semivivo yacía encima de las flores, apagando la alegría del colorido con la mancha de humo de sus alas encogidas y de su cuerpo de visión goyesca. ¡Un avechucho horrible -pensó dolorosamente Letinelo. ¡No fué; tampoco el ahua de Sirena la que me acarició la cara Se levantó vacilando; se dirigió á su dormitorio y descolgó de la cabecera de la cania una pálida miniatura, con cerco de oro cincelado. La aproximó á la lámpara 3 stirgió unafigurita con traje blanco, encuadrada en una orla d e castaños cabellos. Leonelo se esforzaba en reconstruir, con los rasgos de la miniatvira, la imagen familiar de la mujer que ya iba borrándose allá dentro de su memoria. ¿Era Sirena, la verdadera Sirena? ¿Qué, tenía aquel cuello delgado, aquel talle redondo, aquel corte de cara que se prolongaba hacia la barbilla, aquellas s i e n e s deprimidas, aquellos ojos? ¡No: los ojos de Sirena no podían retratarse! Miraban de otra suerte, con una expresión tan distinta! Lo que miraba por los ojos, de Sirena era también su alma, un alma intensa, de múltiples capas agitadas y espumantes que t e r m i n a b a n en sereno fondo, criadero de perlas magníficas. El pintor se había limitado á copiar un fugaz momento de, expresión del mirar de Sirena: tal vez aquél en que, pudorosa ó fatigada, su alma se recogía al santuario, y aparecía únicatnente en las anchas pupilas el agua mtierta, el cendal que encubre los misterios. Leonelo depositó la miniatura sobre la mesa, apoj ó en ella los codos, descansó la frente en las cruzadas manos, y, cerrando los ojos, prestó oído, involuntariamente, al ritmo de su cora. zón. Lo sintió desigua! ora precipitado y violento, ora desma ado, torpe, confuso. Ya se acti se adurmiese, causaba á Leonelo un dolor sordo, fijo- -cua m a n o estuviese comprimiendo la viscera, sin estrujarla, go en percibir 3- prolongar el stifrimiento. Dominando la sensac taba en el cerebro la idea triste: Ñola encuentro, no la encontraré e. j iir, i- na parte, nunca. Es inútil que llame á su alma; no está ni en las flores, ni e: i ci iMe, ni en la placa de marfil de una miniatura... Como si desde lejos le res; -ur; escr, su corazón, entre los dedos infatigables, atormentadores, se debatió, saltó, y con su aleteo, formó una palabra, zumbadora en los oídos. Decía: aquí ¡Aquí! repitió con alocada vehemencia Leonelo. No podía dudarlo: el alma de Sirena dóiide había de estar? Libre 3 a de su cuerpo, libre de toda traba, libre en ab. soluto, -se había refugiado en el sitio preferido, de elección. Y era ella la que, poco á poco, para mejor delatar su presencia, oprimía el corazón olvidadizo, le oblig. aba al recuerdo. Ouedamente, quedanicnte, zumbando de un modo sordo 3- fatídico, repetía: ¡Aquí! ¿Porqué me buscabas fuc- ra? E- Mirj. 4. PARDO BA 2 AN D I B U J O S DE MÉNDEZ BHIXGA