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fíSE j M fex S. V- ÍI J I í T r- s na, y descolgándose rozando la pared herbosa del CUTDO llegaron á la p uerta del molino. Enfrente de ella, amparada por dos riscos ennegrecidos, bailab a la llama del fogaril: en un caldero más negro que el risco, hervía la carne. Un suave oloi de cilantros y otras especias se extendía en el aire, mezclado al olor de la harina y al amargo perfume de las adelfas en flor. -A tiempo llegáis, -dijo el molinero, un viejecillo tan blanco que parecía lleno de escarcha. ¿No anda el molino? -Ahora va á andar. Ya h a y agua bastante. ¿Cuál es tu talega? ¿No es ésta? Esta es. -Espere, tío Frasco, quiero verle dar vueltas. -No te arrimes al rodezno, que es como el querer. Cuando agarra, no suelta. Asomada á la covacha, respiró aquella humedad de riscos sudorosos, cubiertos de culantrillos: en cada hoja temblaba una gota azulada. En el fondo vio la rueda negra de hierro; oyó á tío Frasco trajinando arriba, llenando la tolva, subiendo hasta el cubo. En seguida sintió un ruido profundo de fauces que se llenan, y de golpe, por entre las sentadas cuñas, salieron unas espadas de agua, fieras, violentas, tan continuas y rígidas como el acero. La rueda empezó á girar rápidamente: arriba volteaba la muela, y la citóla marcaba el ritmo. Un polvo tibio espesaba la faldilla de arpillera y volaba en el aire. Las pestañas de Mariquilla se pusieron albinas. Daba gozo aquel olor de pan. ¿Qué traes, malino? -Un nido de oropéndolas que cogí en un castaño. -Nido sin huevos, trae mala suerte, -dijo el molinero. ¿Sabes, Mariquilla, que por San Alberto cumpliré quince años? Ya soy un hombre. Y hablaron de cosas mtiy dulces, envueltos en la lumbre solar que se extendía por los campos. Mi El ritmo de la citóla parecía un canto de labios alegres: el son bronco de las espadas de agua, hiriendo el rodezno, salía de la cueva entre borbotones de espuma, como latido de corazones profundos. Dos pájaros negros y amarillos piaban dolorosamente, buscando de rama en rama el nido que no parecía... ¿Qué, os vais sin probarla? -gritó el viejecillo qiiitando el caldero de la llama. Un olor de cilantros y otras especias llenó el aire del rellano, mezclándose al amargo perfume de las adelfas. -Es tarde, y el camino es largo. -Por despacio que lo andéis, corto os parecerá. Sé de estas cosas... ¿No veis que so 3 viejo? Al llegar al prado se apartaron: siguió Mariquilla oyendo el son de la esquila que la despedía. Allá á lo lejos volvió á sonar como un jadeo el acompasado, mordisco de la sierra. Ascendía por la ladera, entre sembrados de centeno. En la cumbre veía su chocil, y detrás los grandes robles oscuros con su blando follaje de terciopelo... ¿Qué decía aquel manso bramar de la arboleda, aquel zumbido de las mieses, aquel brusco aleteo de las perdices asustadas, aquel sonido vago del aire celeste... ¿Sabes que por San Alberto tendrá quince años? El campo entero no decía otra cosa. J o s é NOGALES DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGI