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mjy 1 MAHIQLIIbbA A A E N Í A camino abajo por la cañada pendiente, bordeando las tierras sembradas de centeno. Allá en lo alto veía su chocil blanco de escarcha, y detrás los grandes robles espolvoreados también 4 e aquella blancura. La lumbre del sol se extendía en las cimas y en las copas de los castaños, que daban su hoja nueva con claro verdor. Sentada en el lomo de la vieja borrica, iba camino abajo, hacia el molino de Las tres encinas: al llegar á la hondonada, los débiles cascos de la bestezuela sonaban en la senda de piedra labrada por las herraduras no sé en cuántos siglos. El brazo largo y flexible de una zarza agarróle el pañuelo de la cabeza é irguióse tremolándolo en el aire. A los gritos y risas, una perdiz en celo echó á volar azorada. Del castañar salía un ritmo ronco de sierra: un hombre descalzo sosteniéndose en pié sobre el tronco horizontal, se doblaba por la cintura, empujando la sierra ancha y reluciente: otro hombre la empujaba hacia arriba, los dos á compás, y á. cada golpe salía un reguero de blanco serrín que se iba amontonando en el suelo. -Eh, Mariquilla, temprano recoges. ¿No hay pan en casa? -Dos panes quedan y son de centeno. Hoy amasaré trigo. El roncar de la sierra sonaba ya lejos: el son de una esquila alegraba el prado de hierbas bravias, de ñores moradas de cantueso, y en el repecho del tomillar asomaban su panza gris y rugosa los corchos llenos de miel, y volaban en el aire azulado los enjambres. Una vaca negra atada por el testuz á una encina, meneaba la esquila y se defendía con largos mugidos. El becerro con el bozal de sparto puesto en el hocico húmedo y goloso, apretujaba las ubres, que engañadas, se rendían. Un muchacho llenaba la cuerna hasta que en sus bordes se alzó un copete de espuma. ¿Es primeriza? -Primeriza es. Así se defiende. Un pastor viejo pasó con su punta de cabras: á una que se encaramó en el risco de la linde y puesta en dos patas, alargando el pescuezo, comenzó á descogollar una chaparra, tiróle dos piedras que sonaron en la panza como en un tamboril. -Me pierde esa indina. Tres denuncias tengo en Alapa, y allí no me quieren... Id al molino y comeréis la chanfaina. ¿Se desnucó alguna? -Una horra, ayer tarde. Yo mismo la arrastré por los cuernos: allá abajo, en la fuente, boqueó. El muchacho limpióse las manos en los zahones y soltando la vaca brincó entre la hierba. -Pues si hay chanfaina, vamos allá. ¿Mariquilla, vendrás hogaño á escarmenar lino? ¿Queme darás? -Te daré una cuchara de raíz de madrona, que es buena para el mal del querer. -Ya tengo. Y barbas de la encina vieja, con dos hojas de roble en que dice Jesús. El sol llenaba todas las cañadas, todos los prados. El camino parecía á lo lejos una cosa viva y ondulante que se amoldaba á las curvas del arroyo. Allá abajo se alzaba la copa lobulada d é l a encina de tres troncos unidos en su base. Mariquilla y el muchacho bordeáronla presa, á nivel de la que se veía el techo cubierto de harí-