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Lía Rendición de Brcda C. v 1 T OS cuadros hay en el Museo del Prado que representan el mismo asunto: uno pintado por el ara gonés José Leonar, d, o; otro, la inmortal obra de Velázquez reproducida en esta página Comparando ambos cuadros, se echa de ver claramente la diferencia que va del artista discreto y concienzudo que llega á fuerza de trabajosa meditación, al genio extraordinario á quien un vuelo basta para remontarse á las más altas cumbres. En la obra total de Velázquez, en la que todos los críticos del mundo unánimes reconocen ya la personalidad más poderosa y genial que haj a manejado pinceles, el cuadro de las Lanzas representa uno de los pasos más firmes, seguros y definitivos. Marca este cuadro el momento en que Velázquez, dueño absoluto del color y poseedor de todos los secretos de la técnica pictórica, en la que él introdttjo tan trascendentales innovaciones, llegó á ese estado de concentración cerebral (la folarizasión de las facultades, según la frase admirable del ilustre Ramón y Cajal) en que no hay nada baldío ó inútil para el artista, en que éste lo aprovecha todo y de todo saca partido, alcanzando el extraño poder, que delegación del Creador parece, de hacer converger lo grande y lo menudo, lo importante y lo accesorio, hacia el punto deseado, para que la obra forme un conjunto armónico, íntegro, en el que nada falte ni sobre. El cuadro de las Lanzas es todo un tratado de Estética pictórica. Para la Técnica del arte es tan importante como sus dos hermanos mayores, aunque nacidos posteriormente. Las hilanderas y Las meninas, porque en el cuadro de las Lanzas se nos muestra lo que pensaba el verbo de la pintura española respecto del paisaje, respecto de la perspectiva, de la relación entre fondo y figuras, del asunto histórico- dramático, d. ij lein air y de otra porción de problemas que preocupan y preocuparán siempre á pintores y aficionados. Sábese que este cuadro está pintado casi de memoria: Velázquez no conocía de visu el lugar, y cuando pintó el cuadro en 1647 habían ya muerto ó no estaban á su alcance los personajes que en él figuran. Pero consta que Velázquez conoció y trató largamente al protagonista, al insigne marqués de Espinóla y, ¡cuál sería la atención profundísima de Velázquez á las palabras en que el viejo é ilustre general le pintase aquel hecho memorable en su gloriosa existencia de caudillo triunfador! ¡Qué extraña y omnipotente sugestión no ejercerían tales palabras, y qué intensa fantasía la de Velázquez para crear, que no reproducir el suceso, fundándose en ellas! En Las meninas y en Las hilanderas muéstrase la absoluta maestría, el arte sumo, que consiste en fintar el aire: en La rendición de Breda, la potente visión sintética, el arranque soberano del genio que vence á la realidad, creándola de- nuevo y eternizando el fugaz instante, parando el sol y no por un día sólo, como Josué, sino por los siglos de los siglos. FOT. DE LACOSTB