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Nada más dijo Gabriel; pero fijó en el monstruo aquél escrutadora m i r a d a de antropólogo, de maestro, penetrantísima, llena de atención y bien templada por la fina perspicacia... ¿Dudausted? Tampoco usted melé va ápulir... ¡Todos le desprecian á mi pobre simplón! -No es simple... es rudo. ¿Cómo dicen que se llama? El muchacho replicó ásperamente: -Jabato. ¿Jabato? Eso no, ya no se dice esa palabra. Saturnino. ¡Ah, qué labor de esmero, qué diligencia paternal, qué exquisito cuidado de artista, qué certeza de sabio, qué entusiasmo de educador... puso Gabriel en aquel tronco tan tosco! Torpe... no era torpe para entender, sobre todo letras y números; leyó y contó, y aun pudo escribir... Pero para la música era como un sepulcro, que por fuera expone una losa de piedra y dentro guarda un muerto. Al año siguiente, cuando Margarita y el conde se disponían á marchar, Margarita, satisfecha y agradecida por la obra de Gabriel, dijo: -Me llevo á Saturnino á Madrid... Puesto que usted no quiere enseñarle más... á Madrid. ¿A Madrid? ¿De lacayo? -No; para que aprenda y perfeccione. Será un excelente ayuda de cámara. -A Madrid... ¡no, por Dios! Aprendió todo cuanto es prudente que aprenda... ¿Más? ¡quién sabel replicó misteriosamente Gabriel. -No, no; que vea mundo... Me he propuesto hacer de Saturnino un hombre de mérito. Esto dijo Margarita, y se echó á reir. ¿Para qué? exclamó Margarita. Habían llegado ella y el conde á la aldea el día anterior, después de una ausencia de siete meses. Euego de referirse mutuamente y de palabra la vida que uno y otro habían llevado, y de la que por cartas se habían ya dado cuenta todos los días, tuvo Margarita que hablar de Saturnino. Era su guardián, su esclavo; callado, pero mañoso y servicial. No podía perder del todo su rudeza, pero ya tenía otro paso, otro andar, otras maneras. Gustábale el teatro, leía mucho, sobre todo periódicos y novelas. Se había avispado; era más ladino. -Por mí siente gratitud y una lealtad de perro. Ee sorprendo mirándome con fervor de fanático... Ya no es Jabato. Cuando pasen algunos años le casaré con Clarita, mi doncella... y los haré felices. Gabriel callaba; Gabriel nada dijo. ¡Ee tienen una envidia los demás criados! Raro és el día que no llega hasta mí un chisme: ¡Que Saturnino ha pegado injustamente á un pinche de la cocina! Esto sí; se ciega de vez en cuando, y resulta brutalmente impulsivo; pero cuando le dan motivo para ello. III Una tarde, Margarita esperaba impaciente en el jardín del palacio á Gabriel. Ya era necesario tratar del momento oportuno en que Gabriel debía pedir al conde la mano de su hija. Pues bien; los acechaban; alguien caminó cautelosamente tras de los arbustos para seguir los pasos de los enamorados: alguien oyó sus gratas confidencias, sus W -tm H víí II- -Ya todo se presenta luminoso; sí, Gabriel mío... No he cejado, he persistido... Nosaíbes tomó con empeño tu pleito de familia, y fué ganado en piimera instancia. Tu ópera se estrenará en el Real. Mi padre espera que tú le hables... -Margarita, esperemos- el arreglo terminado de mis asuntos y el comienzo de mi gran carrera. 1 a? cariñosas; alguien... 1 del abismo, apareció en 1 bra á nublar aquellaííinei iM licha. Era Jabato, la fiera, I Mibón, el salvaje, al cual la 1 mza mal dirigida había do deseos y apetitos... ¡Jai Monstruo de la feroz en y armado de una faca... l i l i i U por la espalda á Margarita, y cuando se disponía á herir á Gabriel, éste, disparándole un tiro de revólver, clavóle una bala en el duro testuz, y poco jdespués veía el pobre maestro á sus pies al ángel de sus ensueños y al demonio de sus terrores... y rompió á llorar sin tregua ni consuelo. J o s é ZAHONERO DIBUJOS DE REGIDOR