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-í ífe s -M. tos... y por las noclies, á chicos y á grandes nos habla á campo raso del cielo ó en la cocina grande del Sr Carpillo, nos cuenta historias... iI o que yo digo, es una perla metida entre estas casuchas como entre las negras valvas d la ostra perlinera! ¡Qué permanente se hizo la imagen de Margarita, su figura airosa y elegante, aquel cuello tan blanco, tan hermoso, y la cabecita de rizos de oro, y los admirables ojos azules, por los que se traslucía el esplendor de un alma grande y la vitalidad de un corazón delicadísimo! Y así la boca hechicera, la tersa frente, los contornos de un cuerpo todo gentileza, y el gesto gracioso, y el ademán mesurado, y la voz dulce, la palabra prudente, el estilo revelador de inocencia y cultura, sinceridad -recato... de tan distinguida señorita No, Gabriel no dejaba de ver en sí mismo, en su alma, la imagen de la bellísima Margarita. Bien se vio que era hombre muy sociable; el conde halló en él un amigo y un jugador de ajedrez, y Margarita un discretísimo caballero. ¿Quiere usted que la diga quién soj- Pues un día (Jesapareció de la sociedad del buen tono un caballerete elegante- -según decían, gastador rumboso, -hijo de una familia distinguida y rica, y apareció en este pueblo el nuevo maestro, montado en un caballejo de la sierra y con sólo un gran maletín por todo equipaje. ¡Me había quedado solo y arruinado... Únicamente podía contar, con seis mil reales de renta. Resolví hacerme útil, educar para educarme; gané esta escuela... y aquí estoy... para esperar el momento de mi reaparición con honroso triunfo en Madrid... ¡no bien acabe mi ópera! Después de esta primera confidencia hecha á Margarita, y luego de sucederse muchos días de amigable trato en cacerías, lecciones de pintura, sesiones de música, convites y gratísimas pláticas, llegó á hacer Gabriel á Margarita otra íntima revelación: Y o presento las bandas paralelas á las aristas del prisma, y luego esos admirables colores en las plantas, en las florecillas y hasta en las tierras y las piedras; no doy tecnicismos confusos, sii o impresión viva de la naturaleza; educo los sentidos de los niños para que diferencien con acierto; yo infundo en sus cerebros la escala, y les hago sentir la melodía, y los educo para que comprendan la belleza amplia del conjunto armónico. ¡Cómo despiertan y se avivan! Luego los fortalezco en una enseñanza y en una acción laboriosa. Haré tenaces viticultores, labradores ilu. strados, gana- deros celosos... ¡hombres de bien! Crea usted que esta vida me predispone luego admirablemente para meditar y sentir... é inspirarme en la soledad, ensayando en el armonium mis concepciones, fijando en el pentagrama mi inspiración. Llegó e! señor conde de Varsen á mirar un día á la pareja, á Margarita y á Gabriel, y arrugó un poco el entrecejo, como acentuando la expresión de extrañeza y de recelo que se hizo visible en su rostro. ¡Bah! ¡qué tontería! la divierte... No puede pasar á más... ¡Vaya una ocurrencia! Se amaban, y se amaban verdaderamente... Con aquella alteza mental, con aquella finísima y nobilísima sinceridad de los seres superiores... Sin embargo, á trastornar un poco aquel afecto hizo la suerte que apareciese un salvaje: fo. Era hosco, huraño, feroz... Un montaraz dotado de la inconsciente fiereza de los animales carniceros y de la bravia independencia de las aves de rapiña. Capricho de Diana, Margarita quería que. aquel monstruo se convirtieía en hombre. -Ahí le tiene usted, Gabriel... lo he mandado venir de nuestra dehesa. Era allí rey, como lo fué el hijo pródigo... Yo quiero que usted lo dome, lo eduque, lo civilice... El muchacho parecía estar como bestia acorralada por los perros y los cazadores... Dirigía miradas furiosas, como dispuesto á escapar abriéndose paso con los dientes y las uñas. Era de más qne mediana estatura, negruzco, fuerte como un gorila; tenía la frente estrecha, los ojos pequeños y desconfiados y terribles, la nariz ancha, la boca grande. Hablaba como gruñendo. El pelo negro, cerdoso. desgreñado... ¡Margarita! murmuró Gabriel espantado. ¿Que no se atreve usted á educarlo? Hace un año conocí yo á Saturnino, así se llama... y al verle tan como es... hice intención de hacer que lo educaran. ¡Que lo educaran! Sí, educación en perfecta armonía con la vida c ue lleva... Uno más... ¿Es imposible. -Imposible, no; pero...