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d o la cabeza t a c i a todas partes queriendo no verla, y en todas partes la veía. La tenía o- rabada en su corazón. Con desdén pagaba ella su cariño. No podía quererle, no debía. Niña enferma, planta de estufa criada artificialmente entre los aires malsanos de una sociedad egoísta, que envenenan el alma y hacen enfermar al cuerpo, padecía una enfermedad del corazón; por eso no quería entregárselo á él. Al hombre que se quiere se le entrega un. corazón sano, no un corazón enfermo, porque al unirse los dos enfermará el bueno y no sanará por ello el dañado. Débil naturaleza es la nuestra, que contagia la enfermedad y no transmite la salud Por eso el comprendía que su amor era imposible, por eso mismo lo deseaba. El éxito del primer acto fué en aumento en el segundo y llegó al colmo en el tercero. Todo el público, palcos y butacas, aplaudía sin cesar, y puestos de pie, pedían con insistencia el nombre del autor El entusiasmo era indescriptible. Nuestro hombre, adosado, por decirlo así, á la primera caja de hastie ores, escuchaba atontado aquellos aplausos, y sin atreverse á salir, solamente fijaba su vista en el palco de ella. ¡También le aplaudía! Durante la representación la había visto llorar; había logrado enternecer su alma. El desdén con que él había sido tratado, pintado fielmente, y adornado con versos hermosísimos, le habían conmovido. ¿Le querría cuando supiese que era el autor de todo De esta especie de abstracción fué sacado por la voz de uno de los actores que le decía: -Vamos hombre hav que salir á saludar... -y le cogió por un brazo. se no extremo simpática al público, que esperaba encontrarse con un hombre y halíaba casi uri rTiño! Fijóse nuevamente en el palco de ella, y la vio primero aplaudir, después llevarse el pañuelo á los OJOS, y por último, como hipnotizada por su mirada, que fija en ella parecía reprocharle su conducta la vio pahdecer rápidamente, y dando un grito caer sin sentido en una silla, presa de un viol nt accidente, Todo el público clavó sus ojos en el palco; bajóse el telón, y el objeto de todas las conversaciones era aquella especie de desmayo, cu 3- a causa sólo sabía una persona: el nuevo autor. Avisóse al médico sin pérdida de tiempo. Cuando llegó, no hacía ya falta. iS quel corazón dañado había dej a d o de latir. La mujer amada no había podido resistir la realidad de su desdén: la planta de estufa sal: ió á recibir el aire que á todas- -las vivifica, y no acostumbrada á él, se marchitó. La mujer se había muerto. El amor se había extinguido. Al día siguiente un lujoso entierro atravesaba las calles de Ma drid, seguido de interminable serie de coches. Llegó al cementerio, y nadie se fijó en un hombre que, vestido de riguroso luto, se hallaba en un rincón del patio donde ella iba á ser enterrada. E. ezáronse las preces de rigor, y al sonar el frío ruido de las primer a s paletadas de tierra, al caer sobre aquel ataúd que encerraba su cuerpo inmaculado, fuese dispersando el acompañamiento. Al fin quedó el patio solo. Entonces aquel hombre, cuyo rostro reflejaba el más profundo dolor, acercóse á la fosa, poco antes tan aco: tnpañada y a h o r a t a n sola, llevando en la mano un manus- í crito. Arrodillóse, y pudiendo apenas contener el llanto que á sus ojos asomaba, exclamó: -Aquí tienes mi último tributo. f Todos te dedican coronas, yo no; t e dedico estos pedazos de papeles, testigos de tu ingratitud para conmigo; aquí los tienes, en tu fosa los dejo; que ellos te acompañen siempre y no se separen jamás de ti. Y cayendo de rodillas, quedó rezando por su alma... Aquel drama, á pesar del éxito obtenido, no se volvió á representar más. DIBUJOS DE ESTEVAN FRANCISCO P E L L I C E R Y ESCALONA