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EL ÚLTIMO TRIBUTO CUENTO P 7 L teatro estaba lleno. En palcos y butacas se veía lo más distinguido y selecto de la sociedad ma drileña. La curiosidad era muy grande. La forma en que se había anim ciado el estreno; el incógnito que se guardaba respecto al autor, del cual no se sabía sino que la obra era su primera producción, según anunciaban los carteles, todo había contribuido á que al sonar el timbre anunciando que la representación iba á empezar, un profundo silencio reinase en la sala. Lo único que se sabía era el título del drama: Desdenes. A las primeras escenas entró el público de lleno en la obra, aplaudiendo sin cesar los sonoros y brillantes v e r s o s que dichos con gran maestría por el actor, convencían á los literatos que entienden y conmovían á los ignorantes que sienten. El autor era un muchacho joven: apenas tendría veinte años, y nunca había e s c r i t o nada. Enamorado locamente de una mujer, no hizo otra cosa que trasladar fielmente al papel los sentimientos qxie movían su alma, pintar sus tristezas y encarnar en el protagonista su situación, y en la dama principal el desdén con que en la realidad era correspondido. Temeroso como todo el que empieza, guardaba un incógnito tal, que hasta los ensayos fueron dirigidos pe r un amigo suyo, poseedor de todos sus secretos é incapaz de revelárselos á nadie. Cuando al concluir el primer acto el público pidió con insistencia el nombre del autor de la nueva producción, uno de los autores dijo únicamente que no se encontraba en el teatro, y que deseaba q u e su nombre permaneciese oculto hasta el final de la obra. El principio de ella era de lo mejor que se había escrito: versos magníficos, caracteres trazados con mano maestra, situaciones dramáticas y poéticas sin caer en la cursilería; un acto, en fin, que mereció la aprobación de cuantas personas lo escucharon y el beneplácito de los autores más insignes. -Esto es magnífico. -Difícilmente se escribe nada mejor. Y o no tendría inconveniente en firmarlo, -exclamó un poeta de los mejores. -Dicen que es la primera obra que escribe; pero ¿quién es el autor? -Sea quien sea, no podemos negar que es, de lo bueno, lo mejor. Estas y otras exclamaciones parecidas se oían en todos los corrillos. Pocas veces estaría la opinión tan unánime. Todos convenían en que la nueva producción daría honra, provecho y dinero á su autor. Este andaba errante de un corrillo á otro, oyendo impresiones que le halagaban en alto grado. Cansado ya, entró en la sala de butacas y dirigió con gran ansiedad su mirada hacia un palco entresuelo. Allí estaba ella, la verdadera autora de todo. ¿Le habría parecido bien como al resto del público? ¿Habría adivinado quién sería el autor de la obra por el argumento y las situaciones? No era posible; y sin embargo, en su rostro se notaba una emoción profunda; su mirada, de continuo alegre, fijábase en él con honda melancolía, como queriendo interrogarle ó como si deseara adivinar por la expresión de su semblante los sentimientos que agitaban su alma. Era en vano; aquel rostro aniñado, aquellos ojos grandes y negros, aquella frente espaciosa, aquella mirada franca nada le decían; y él como aturdido por la persecución de aquella mirada, volvía dLstraí-