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ünico desquite qne el genio toma de los orgullos vanos que lo menosprecian en el mundo. Venganza triste, porque el vengado no la saborea justicia ya ineficaz, porque es como indulto llegado después del agarrotamiento: pero justicia entera, irrevocable y ejemplar, porque aunque no da vida al muerto, da esperanza á los vivos. Ved esas grandes vanidades de la tierra: esas hidropesías de la popularidad niomeutánva. El acaso de la fortuna hinclia sus cuerpos faltos de nervios y de músculos. Se llaman por los nombres más sonoros: emperadores, reyes, dignidades del Estado, del poder, del oro, del linaje, de la miliL. a. Viven obedecidos, acatados, temidos, adulados. Pasan por las alturas del horizonte social iluminándolo todo, deslumbrando á los que los miran, calentando á los que se cobijan bajo su altanera protección. El vulgo cree ver en ellos soles que nunca se hundirán definitivamente, que desaparecerán por svi ocaso para reaparecer al otro día por oriente. Mueren. Por allí va su entierro. Plazas y balcones se llenan de curiosos: los ojos de la muchedumbre no van á llorar sino á ver. El larguísimo cortejo ocupa muchas calles. Los cientos de coronas tapan la muerte como un bosque de laureles tápalos gusanos de la tierra. Uniformes, entorchados, bandas multicolores ofuscan la vista. La fila de carruajes no se acaba. Las campanas doblan, las músicas llenan el aire con marchas fúnebres, los cañones retumban como trompeta del juicio final que animcia ya anticipadamente la resurrección. Y el cadáver queda alojado en el ancho hueco de cripta abovedada ó en labrado sepulcro de templo monumental. La tierra, que á todos nos recoge con el último abrazo, no cubre á aquel hijo desdeñoso que queda, no debajo, sino encima de ella, como si siguiera poseyéndola y dominándola desde un trono de mármol. Pero ¡ay! aquello será también fosa general. Aquel sarcófago esculpido, aquel panteón apartado de la casa de vecindad de la muerte, no es más que fosa común. La humanidad, que hace sus entierros por millones de seres, tiene su fosa común donde tira también á los grandes muertos, pese á los mausoleos falsos y á las glorificaciones artificiales que les dedicaron la adulación, la ceguedad ó el interés de los contemporáneos. Cómese la podredumbre del tiempo las pompas y vestiduras que diferenciaban á los poderosos de los desvalidos, pulveriza sus huesos, pasa el rasero igualador sobre las cenizas, y cada siglo hace luego la monda en su gran cementerio, echando al hoyo común del olvido los nombres que no tenían derecho cabal á sepultura privilegiada. Sin ir muy atrás ni muy lejos, ¿quién recuerda ya los millares de nombres que parecieron excelsos é inmortales á la España de los siglos xviii y xix? Altos dignatarios civiles, militares, eclesiásticos de entonces, ¿dónde están? Sin duda su descendencia los adivina todavía detrás de los soberbios epitafios de sus panteones. Pero las sepulturas valían más que los sepultados y los escupieron afuera. La memoria popular los ha echado á la fosa común del olvide, confundiéndolos con el vulgo de los enterrados sin epitafio. A esta distancia todos son igualmente invisibles. Y mírese ahora al soldado inválido, al alcabalero, al comisionado de apremio redimido en Argel de limosna, y de limosna enterrado por la Orden Trinitaria. Hasta sus huesos se han perdido en el osario de los anónimos. Y sin embargo, desde donde quiera que estén resplandecen vivamente con el fósforo del cerebro que los coronó, y á través de la maciza losa ó las espesas capas de tierra iluminan con luz de gloria el universo, y tienen mausoleo único levantado en el corazón de España. ¡Cuántas veces, y salvando la proporción, estamos viendo repetido el caso de Cervantes! Muere un figurón del día. Tuvo mandos y honores elevados. Repartió empleos y mercedes. Dispuso de la patria, de la fortuna pública, de la vida de los hombres. Cuatro líneas de los periódicos son su- pit- fio á pesar del ruido oficial con que se rodea su entie i í Mf, A 1) cae en la sepultura todo entero: cuerpo y nombre, S y memoria. Nadie se acuerda de él al segundo ani- io. ¡Fosa, fosa común! Mírese por otra parte á ese que fué cultivador afanado de la ciencia, de las letras ó de las artes. Vivió modestamente, cuando no pobremente, quizá mirado de alto abajo por, el figurón nmerto ayer, tal vez pidiéndole inútilmente protección, acaso sirviendo á sus órdenes en oficio subalterno. Muere, y parece que nace: es la resurrección del espíritu en el entierro de la carne. No le acompañan tmiformes bordados, ni honores militares: la losa de sti tumba no se cierra al estampido del cañón. Pero de ella, con murmullo tranquilo fluirá perenne la fama de sus obras para correr hasta lu: gares y tiempos lejanos, como fluye un río de entre el hueco de las peñas. Y de aquella monda que cada siglo hace en su cementerio, sólo se conservan en sepultura personal los hombres que tuvieron cabeza privilegiada. Hay cráneos que no caben en la fosa: que no se sepultan, sino se siembran, y, como simiente de fortísimo roble, revientan y rompen hacia arriba, aunque los desdenes, las vanidades y las injuslos hombres apisonen cien días la tierra que cae sobre ellos. EUGENIO I liJUJOS D E ESTEVAN SELLES