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XvJL I O S J L COIvItJJM j L entierro iba lentamente calle abajo hacia el convento de las Trinitarias Descalzas. No lo seguían ni aparato oficial, ni pompa eclesiástica, ni más cortejo sino el de pocos amigos y algunos hermanos de la Orden Tercera y congregantes del Olivar y del Caballero de Gracia. La villa de Madrid abandonó al muerto. Desde el Rey abajo, toda aquella corte frailuna y todo aque pueblo devoto asistían en aquella misma hora á la traslación de la imagen de Atocha desde Santa María á Santo Domingo el Real, en rogativa para implorar del cielo que rociara con su lluvia los sedientos campos de Castilla. El ataúd entró en la iglesia y fué posado en el suelo por los hermanos Terceros que lo llevaban e: hombros. Solamente lloraron de verdad unos ojos juveniles, pegados á la celosía del coro para mirai por última vez á quien los engendrara. Rezáronse los oficios de rúbrica, y bajo una de las losas del pavimento recibió sepultura aquel cuerpo que llevaba descubierta la cara, tendidos los brazos, asida la mano derecha á una cruz y tapada la frente con la capucha del hábito gris de San Francisco que lo amortajaba. Allí quedó no lejos de una modesta monja, única vecina entonces de su enterramiento: después en la compañía de los seres amados de su corazón; más tarde ¿quién sabe en qué compañía? Entre íieler. desconocidos que la piedad sepultaba en las iglesias. Acaso junto á algún alguacil de los que le persiguieron en vida, ó algún clérigo de misa y olla de los que no le entendieron jamás, ó algún presuntuoso covachuelista de los que le desdeñaron en el mundo por la humilde categoría de los empleos que el difunto ejerció con más vilipendio que remuneración. Esqueletos todavía tiesos de vanidad, que tal vez se apartaron con asco para no codearse con aquel pobrete que les cavó en la inevitable vecindad del osario. ¿Quién era el nuevo huésped de la eternidad? Un soldado inválido, un alcabalero, un comisionado de apremio, que, apremiado á su vez por el hambre, había compuesto algunos libros de esos que con riqueza sobrada para hacer muchas estatuas de bronce al níuérto, no la tuvieron para hacer unas pocas monedas con que remediar al vivo. Y allí se quedó obscuro y olvidado, en huesa siempre ignorada, sin sufragio ni memorias de aquella corte dividida en dos camarillas: una, para acompañar en sus devociones al rey piadoso, y otra, para acompañar en sus divertimientos al príncipe alegre: ambas ocupadas en la inhumana intriga de un hijo conspirador contra el gobierno de su padre. Entretanto el duque de Eerma se preparaba grandioso mausoleo en San Pablo de Valladolid. Entretanto al duque de Uceda le esperaba suntuoso sepulcro en el Sacramento de Madrid. Entretanto al conde y después duque de Olivares le aguardaba magnífico panteón en Loeches. ¡Ah! pero detrás de aquellas comitivas vistosas, detrás de aquellas exequias solemnes, debajo de aquellos sarcófagos monumentales, se enterraron todo el hombre, toda la vida y toda la obra de los tres magnates que, juzgando por el encumbramiento, grandeza y ruido con que existieron, parecían destinados á gloria imperecedera y á segura resurrección en el recuerdo de las gentes. Nada de ellos quedó sobre la tierra. Y vivieran en el misericordioso olvido de la muerte total si alguna vez, para abominar de sus nombres y de sus hechos, no les removieran los huesos las implacables profanaciones de la historia. En cambio, aquel despreciado Miguel de Cervantes á quien sus coetáneos quitaron hasta el Don, sobre- vive entre las más excelsas majestades del mundo. u cabeza, fuerte para levantar la losa sepulcral, se ha escapado del monstruo insaciable cuyas bocas, una vez cerradas, no se abren jamás para devolver lo que engfulleron.