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media vida! ¡Como que dice mi madre que estaba amelonaoJ Ná, llegar, largarme la rienda y coger las escaleras con un repiqueteo de botas y espuelas que avisaba á los recinos; y él arriba las horas y las horas; y yo aquí con Garbo en comensación como dos amigos... ¿Verdá, tunanta? -encarándose con la jaca y acariciándola. ¡Miála usted cómo me quiere; si esto vale más que una persona! Carlos había sentido una punta fría hincársele en el corazón, pero aún quiso dominarse, saber más. ¿Y hace mucho que no viene el teniente? -Toma, antiyer vino for últimas. A la cuenta... como que era un perdis- -dijo el pilludo guiñando maliciosamente los ojillos, -se jugó hasta la jaca: ¿Es usted el que se la ha ganao? Carlos no respondió; una polvareda de chispas de colores comenzó á girar ante sus ojos; la cabeza le daba vueltas, el cielo se obscurecía; de la raíz de sus cabellos brotaban gotitas heladas y de su mano se escapaban las riendas. El chico, interpretando á su favor aquel silencio, creyó que su pagada charla podía ser aún más productiva, y pro. siguió con desenfado, dirigiéndose más á la jaca que al jinete: ¡Qué bien enseña la tenía aquel punto de señorito! Lo mismo era asomar por la esquina, que el animal se deshacía braceando y caracoleando mejor que los del circo ¡troncho! y en cuanto sonaba la persiana, ¡eche usté floreo fino! Como que la señorita Mercedes estaba loquita por el tiniente y paecia que quería echarse del balcón á la calle. Carlos, como si se despertase de un sueño, asió con ira la rienda, enarboló ciego la fusta... poco faltó para que cruzase con ella la cara al entrometido; pero rehaciéndose, clavó espuelas á Gario, que de una fiera arrancada estuvo á punto de tirarle, y se plantó en medio de la calle, á tiempo que arriba rechinaban las bisagras de una persiana abierta con cautela. Oír la jaca aquel chirriar describía y rraaucía con sus gentiles movimientos, como haciéndose un ser con el jinete enamorado que lo montaba á los pies de la mujer querida. Sin el furor de celos que poseía á Carlos, aquel homenaje rendido á su novia por el noble animal, hubiera sido el colmo de su goce; pero cuando en su alma rugía una tormenta de celos y desesperación, ¡qué sarcasmo aquel alarde de la jaca enseñada por el otro á festejar á Mercedes! Parecíale á Carlos que no era Gario, sino el amor de su rival el que triunfante y orgulloso le arrastraba, á despecho suyo, á recoger las burlas con que Mercedes celebraría el desairado papel de novio burlado y escarnecido que estaba él haciendo bajo sus balcones, luciendo contra su voluntad las gracias del caballo adiestrado por el amante preferido, y hubiese dado la mitad de su vida por refrenarlos escarceos del fogoso animal. Y era lo peor que cuanto más se empeñaba en refrenarlos moviéndose á contratiempo de la jaca, tanto más aplomo y seguridad perdía; y con la conciencia de su desgarbo y deslucimiento aumentaban su rabia y el ridículo de su situación, más desesperada cuanto más cómica aparecía; porque, para mayor escarnio, tenía público: al chico de la portera juntáronse varios cocheros, criados y galopines de la vecindad; por los balcones asomaban figuras femeninas, y el pobre mozo, objeto del agresivo fisgoneo, oía risas burlonas, sentía la mofa callejera escupirle su vil saliva al rostro, abrasado por la ira y los celos; y hasta hubo un momento en que creyó oir risas comprimidas en el balcón de Mercedes. Entonces Carlos vio rojo, una nube de sangre y fuego se extendió ante s u vista, zumbaron sus oídos, latieron con loca pulsación sus sienes... y con el ciego impulso que lanza á los hombres á la muerte ó al crimen, tiró brutalmente de las riendas á Gario hasta desgarrarle la boca, hincóle furioso las espuelas hasta n v. V- J de hierro herrumbroso y entregarse como tomada de un delirio al más frenético alarde? d e gracia, agilidad y alegría, fué todo uno. Jamás corcel andaluz expresó con los acordes movimientos de su gallardo cuerpo tanta belleza y arrogancia; era aquello como una sinfonía de líneas y actitudes, gracia en acción, hermosura dinámica, expresión animada del poema de amores sentido por la naturaleza toda, cantado por los ruiseñores, arrullado por las tórtolas, rugido por las fieras en brama, que el noble caballo, compañero del hombre, I IBL JOS D E MÉNDEZ ÜRI iGA hacer salpicar su san w l 1 gre, y la jaca frenéti ca, enloquecida, saltó c o n salvaje ímpetu, partió desbocada y arrojó con bárbaro bote al jinete, que, al caer, se deshizo el cráneo contra las piedras de la calle. BLANCA DE LOS RÍOS DE LAMPÉREZ