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i9i V v. V W Se la vendió á Garcés, que Gario era M zeñora marchando, y que sus cuatros X VCLOS, jerraítos de nuevo parecían cuatro martiiutos e plata repicando á gloria en los pedernales de la calle, porque el animal parecía poseer la intuición y aun el orgullo de su hermosura de líneas, gozándose en realzarla con la gracia, soltura, arrogancia y dignidad de sus movimientos, que parecían música sin sonidos, armonía visible. Y luego... ¡qué sensibilidad, qué finura de instinto, qué obediencia inteligente, casi adivinatoria, al pulso del jinete, a l a s riendas, á la más leve presión de las piernas del caballero, que jamás necesitaba ofender con la espuela la piel impecable de Garbo! Cada estremecimiento de aquel sutil organismo, corría en rieles de plata por el luciente pelaje sedoso, que parecía limpio espejo de las impresiones del noble animal. ¡Da gloria montarla- -decía el picador. -En cuanto le siente á uno en la silla, ya va pensando con uno. -En efecto. Garbo y su jinete parecían realizar la bella fábula griega del Centauro. III Moríase Carlos por lucir su jaca á Mercedes; así, cuando tras breves ensayos y ejercicios de equitación hallóse dueño de Garbo, cuando adquirió el pleno señorío del generoso animal, que parecía, no obedecerle, adivinarle, hecho ya una pieza y como un ser con su montura de ensueño y de leyenda, echó á rodar reparos y prohibiciones y guió resuelto hacia la casa de Mercedes. Diríase que Garbo adivinaba á su dueño y trotaba ligera, satisfecha, orgullosa como delante de su pensamiento como si conociese el camino ó presintiera su término y objeto; pero sin apresurar el compasado trote, respondiendo fielmente al ritmo que la rienda le marcaba. Iba como su dueño quería, muy sentada, muy digna, muy señora, como quien caminando hacia la dicha, retardase la llegada para saborear más largamente el deseo. -Así, así- -murmuraba Garcés, acariciando el cuello nervioso y enarcado de la jaca andaluza, -así te quiero, Garbo; así entraremos por su calle, despacito, marcando bien el trote para que en el silencio resuenen largamente tus pisadas sonoras y Mercedes se asome y se sorprenda. Pero... ¡cosa inexplicable! Al embocar en la calle i 1, í apartada en que H ercedes- vivía, Gario alzó la fina cabeza, sacudió la plata fluida de sus crines, lanzó un relincho belicoso, resonante, metálico, resopló fuerte, alzó las patas delanteras y comenzó á gallardearse, á encabritarse, á saltar locamente, perdido todo respeto á la rienda y al jinete. Y como Garcés no quería dejarse llevar del ímpetu ciego del animal, rota la armonía entre él y su montura, falto el uno de aplomo y gallardía, falta la otra de dirección y dominio inteligente, iban como arrastrados por el viento, en lucha desigual, encorvado el jinete, encabritada la jaca, furioso el caballero, rebelde la bestia y como poseída de un vértigo de fiera alegría salvaje. Ni á la blanda caricia de la mano en el cuello, ni á la dura refrenada, ni al bárbaro espolazo en el redondo vientre, á nada respondía Garbo, y así recorrieron una y otra vez la calle, furioso Garcés, desmandada y como frenética su cabalgadura. Al fin, como por inexplicable impulso ó por extraña querencia, la jaca se plantó en seco ante la casa en que vivía Mercedes, y un chicuelo que desde la acera habíase estado mirando con grande atención aquellos hípicos escarceos, adelantóse resuelto, y, como orgulloso de lucir su amistad con el hermoso animal, díjole familiarmente, mientras halagaba con las palmas su cuello: ¡Hola, Garbo, tú siempre tan loca y tan maja! -y alzando la cabeza al jinete preguntóle con llaneza: ¿Quiere el señorito que le tenga la rienda, si desmonta? Sorprendido Garcés con aquella inesperada intervención, preguntó al niño: ¿Quién eres tú? -El hijo de la portera del seis (la casa en quevivía Mercedes) ¿Y cómo sabes el nombre de esta jaca? -Pues porque la conozco mucho. ¿Ea conoces? ¿Y de qué? ¿De qué? ¡Anda! ¡Pues si todos los días venía aquí, más de dos veces, con el tiniente de húsares! ¿Y quién es ese teniente? -El novio de la señorita del segundo... ¡que tiene más pasea esta calle! -El... novio... ¿de qué señorita? -Pues de la señorita Mercedes... una más guapa! ¿Y dices que venía? Anda, cuéntame eso, añadió Garcés con forzada sonrisa, alargando unas monedas al chicuelo, cuyos ojos chispearon. ¡Pus, que si venía! ¡Con que se pasaba aquí