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11 I j. p u É la historia perdurable y a u e v a siempre: el primer amor que nace á su hora divina, como nacen en Abril los tiernos Drotes, á los mismos besos del sol, al propio fermentar de la savia generosa. Carlos Garcés conoció á Mercedes Alda en u n puerto del Norte; ella estaba allí con una familia amiga, y en la fácil y ancha vida veraniega sobraron á los dos ocasiones para verse, hablarse y decirse, al fin- -en todos los tonos dulces de esa música que en cada alma tiene sonidos distintos, -que se amaban. De vuelta á Madrid, empezaron las dificultades para verse y escribirse. Mercedes no quería que su familia- -los tíos con quienes vivía, porque era huérfana- -supieran nada aún de aquellos amores. Carlos no había logrado la posición codiciada; importaba preparar convenientemente el terreno. Ya vendría la ocasión. Entretanto, se veían á saltoi de mata; por las tardes, en casa de los complacientes compañeros de veraneo; por las mañanas, cuando Mercedes salía con la doncella á tiendas ó á misa. Viéndolos juntos, dudábase si aquel poema estaba solo en el alma de Carlos. No era éste ya un niño, se acercaba á los treinta; no podía ser novicio en noviazgos ni aun en galanteos y aventuras; pero ¿amor? Aquél era el primero en sii vida. Y el amor- ¡cómo le conocieron los que le fingían con venda! -pone ante los ojos cendales maravillosos á través de los cuales el amado es cuanto sueña el amador. Así, Mercedes la madrileñita, nerviosa, morena, traviesa, con dejos chulescos, sangre inflamable, gracia burlona y coquetería maestra, era para Carlos la virgen murillesca, infantil y candorosa, nítida é inmaculada como el primer albor del día. El amor de Carlos era el amor verdadero, hecho de timidez vergonzosa y de ternura extática como la del creyente que ve la aparición divina desprenderse de los abiertos cielos, flotar por los espacios cerúleos y venir sonriente á él andando sobre la luz. Así cuando á veces una carcajada burlona ó un desplante flamenco de Mercedes chocaban de frente con el arrobo paradisiaco de Carlos, éste sentía en el alma ruda sacudida, fuerte conato á despertar de su ensueño; pero el ensuejío triunfaba y Mercedes seguía sonriendo dentro de su halo de luz supramundana. II Un día, en casa de los amigos protectores hablóse de caballos de hermosa estampa y de jinetes hábiles y gallardos, y Mercedes se enardeció de suerte en el elogio del bello y nobilísimo arte de la equitación, que Carlos, que montaba como un picador sevillano, resolvió comprarse u n corcel fogoso en que kicir ante su novia toda su gentileza. En España, pensar en caballo hermoso es pensar en caballo andaluz. Posee mi tierra andaluza, quizás por don nativo, acaso por atavismo oriental, la intuición de la estética dinámica, la belleza en movimiento, que alcanza expresión insuperable en la bailadora de segírídillas; en las mortales gallardías del torero, que vestido de seda y oro afronta á la brava res, sin más defensa y sin más armas que el rojo trapo y el estoque desnudo; y en el caballo castizo, que hace reales las hipérboles de nuestros poetas, que tantas veces le pintaron resoplando fuego, nevando espumas, bordando los campos, ó arrancando eütrellas con el ferrado callo. Gario, la jaca andaluza que compró Garcés para deslumhrar á Mercedes, era el arquetipo de la raza, X a. jaca torda del Don Alvaro, en toda su legendaria perfección: nervios de acero, pelaje de nácares y plata, movimientos de cadenciosa armonía, curvas y escorzos de escultórica belleza. Ni en sueños hubiese hallado Carlos montura más conforme á su ideal de caballeresco jinete que rinde á su gentil señora el culto de su viril arrojo y hermosura, festejándola con el arriesgado alarde de su destreza y gallardía. Con razón afirmaba el picador andaluz que con ciíalaneos gitanescos