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Al cruzar el gran río de aguas silenciosas, fítiírió el príncipe la primera pena de su viaje. Su alazán de batalla se hundió en ellas, vencido sin combate. Pensando iba en él, y antes de entrar en el bosque volvía la cabeza para jnirar por última vez las aguas silenciosas que le habían sepultado, cuando le pareció oir un lamento, como un eco perdido, de una voz lejana. Entró en el bosque y debajo de un árbol vio á la princesita con las manos cruzadas sobre el pecho en actitud de súplica y los ojos llenos de lágrimas. ¡Cruel é impío tenía que ser el que hiciese llorar á aquellos ojos tan hermosos! Se acercó á consolarla y á preguntarla: ¿P o r qué lloras? Pero ella no contestó nada, y al verle tan joven y tan lindo, rompió á llorar con más desconsuelo. ¿Has perdido á tus padres? ¿Tienes miedo? ¿Tienes hambre? Dime por qué lloras y yo te vengaré. Y como en su tierra fortalecían el corazón del príncipe con el amor de los peligros, los ojos le llameaban al sacar la espada y al blandiría amenazando á seres imagin rios. Entre las lágrimas vio la princesita aquellos ademanes tan gallardos y sonrió con cierta coquetería maliciosa que no les falta ni aun á las niñas de los cuentos azules. Aquella sonrisa le pareció al mancebo un rayo de alegría. ¿Quién eres? -la preguntó. ¿Cómo te llamas? -Soy hija del rey. ¿Y á quién esperas? -A ti. Me ha enviado el rey, mi padre, á la frontera de su reino para avisarle cuando tú llegaras. Todo lo había olvidado; las palabras del rey y las lecciones de los sabios. Su corazón estaba confundido por una emoción extraña. Tenía miedo, y al mismo tiempo sentía valor bastante para no acordarse de la aguja de oro. -Me esperabas á mi... ¿Pero sabes quién soy? -El príncipe que quiere conquistar nuestras tierras. ¿Y me esperas? ¿Porqué? Entonces la niña volvió á llorar amargamente. No había sufrido nunca la herida de un dolor verdadero, y sus lágrimas brotaban á borbotones. ¡Qué hermosa estaba entonces! Tendía las manos hacia el príncipe como pidiéndole perdón, y fuera su pecho de bronce si no se conmoviese al verla. Hincó el mancebo las rodillas en tierra como si él fuera el culpable y la besó la mano lleno de confusión. Ella, sin mirarle, salió del bosque, desprendió sus cabellos y enseñó un objeto que relucía á los rayos del sol. Era la aguja de oro. Con toda su fuerza la lanzó en el agua del río. IfUego volvió hacia el príncipe, y al mirarle, su sonrisa la iluminaba con una aureola gloriosa. IV Mucho tiempo esperaron los rej es guerreros noticia de su príncipe. Mucho tiempo aguardaron en el país del Sol á la princesita más linda. La reina, su madre, lloraba la libertad de la patria, conseguida con tal dolor y con tal precio. Entretanto ellos vivían en la apartada soledad de los bosques, lejos del mundo, á solas con su idilio. ¿Para qué la guerra, la victoria, el fausto y la pompa cortesana? Y un día, sus hermanos, los más pequeños, que ya ceñían espada, fueron á buscarle en su refugio y le increparon, llenos de ira, por su debilidad, por la deshonra de su nombre. Sonaban las imprecaciones como llamadas de un clarín de guerra y el bosque se conmovía como si pasaran ráfagas de tormenta. No contestó más que estas dos palabi as: -Soy feliz. Y sonreía al decirlas... Y los hermanos tuvieron que volverse á su patria para no matar al príncipe heredero, que indudablemente había perdido la razón. Y ahora que me has oído, ¿dónde está la dicha? ¿Verdad que es preferible conquistar la felicidad á conquistar la tierra? Tus labios de mujer, y de mujer amada, no pueden contestar otra cosa. L U I S BELLO BIRUJOS HE VÁRELA