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i ONDE está la diclia? ¿En la gloria ó en la forttma? ¿En la guerra ó en el amor? ¿D (5 nde podrá hallarse una frente feliz, sin a m i g a s ni sombras? ¿Bajo el casco del guerrerar iBajo la corona del re 3- ¿Bajo los laureles dei poeta? ¿Bajo la capucha del cenobita? Muchas veces hemos ido tú y yo á la orilla apacible del río, y entre los juncos y espadañas de los remansos has visto una nación inquieta de seres diminutos que nacen y se agitan y mueren en el breve término de un día, gozando de la vida en el seno de las corrientes agiias, puras, cristalinas... ¿No reirías si supieras que ambicionaban? Pues igual da vivir una hora ó vivir un siglo. ¡Créeme! Vivamos el presente, sin inquietudes ni ambiciones. Y escucha este cuento que me contaron en tierras muy lejanas, mientras yo miro la gloria reflejada en las pupilas de tus ojos azules. I El príncipe heredero dejaba su patria para ir en busca de la gloria y no llevaba más compañía que la de su corazón, su caballo y sus armas. Todos los ejéixitos del rey fueron á despedirle, como sus hermanos y sus maestros. Un rumor de armas agitadas, un llamear de espadas que amenazaban á la tierra y al cielo. Ni la reina, su madre, ni las hermanitas derramaron lágrimas, porque aquella raza tan dura no se alterábanlas que por el júbilo de la victoria. Los hermanos miraban al primogénito con ojos de admiración y envidia y erguían sus cuerpecillos infantiles y llevaban la diestra á sus espadas de juguete como si se sintieran capaces de conquistar cien mundos. Allá va el príncipe por montes y valles. El sol le marca durante el día su camino, y por la noche las estrellas, con su luz parpadeante y misteriosa, le dictan desde el cielo los destinos que tiene que cumplir para ser grato á los ojos de su patria... ¿Dónde va? me preguntas. Al Oriente, donde nace el Sol; al país del oro, donde los árboles dan frutos nunca gustados en otras tierras y el suelo está veteado de metales preciosos y las olas del mar mueven en la playa perlas en vez de arenas. Para triunfar ha de presentarse solo, cruzar el gran río que circunda el reino, asaltar la gran muralla que le cierra y vencer al mejor caballero, al más valeroso, al más ágil y al más prudente. ¡Mira con qué arrogancia atraviesa el príncipe las fronteras de su patria. No teme á nada ni á nadie, y la bóveda del cielo le parece pequeña para contener la grandeza de su corazón! II Eran muy prudentes, muy ladinos los consejeros del país del Sol. Conocían los propósitos y el viaje del príncipe guerrero y no quisieron oponerle campeones ni ejércitos. Un sabio que no había estudiado en ningún libro y que lo sabía todo, dijo al rey: -En los ojos de las mujeres están escritas todas las derrotas de los hombres. Manda á la orilla del gran río á la más hermosa de tus hijas. Allí perecerá el aventurero. Figúrate que te vistieran de tenues sedas orientales, que adornaran tu hermosa cabellera rubia con diadema de oro, tus brazos con ajorcas, tu garganta con hilillos de perlas. Figúrate que tu talle delicado y tu busto de reina estuvieran envueltos en una nube de gasa transparente, tachonada de estrellitas de plata, de brillantes como lágrimas. ¡Cómo lucirían tus ojos! ¡Qué hermosos los arcos de tus cejas! ¡Qué encendidos tus labios! Tu cuello blanco erguido, tu piececito calzado como el de la Cenicietita para pisar rasos y flores... Yo mismo no me atrevería á mirarte y tendrías que sonreirme para que yo supiera que eras siempre la misma. Pues así, tan hermosa, estaba la princesita á la orilla del río esperando al príncipe guerrero enemigo de su patria. Fijos los ojos en la otra orilla, no los apartaba sino para mirar la aguja de finísimo oro que le habían entregado. Al mirarla se estremecía de luiedo, porque se la habían dado para atravesarle con ella el corazón.