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Consultado ei caso con el huésped, opinó que el dinero no podía venir sino de la monja, y á eso se refería el discreteo de diera y no diera y lo demás que no se entendía; pero que de todos m o d o s como aviso había que tenerlo en mucho, porque de lo que no se enteraran las monjas no había corchete que lo sospechara. -Dos días hace que veo rondar al Manquilio, el más fino alguacil que hay en la corte, y siempre que h a r o n d a d o ha sacado presa. Ándese vuesamerced con tiento y no meta cucharada en guiso que se le atragante. ¡Qué h e de meter, pesia á mi casta! ¿Por lago otra cosa que oir mivierito y acudir á la anteConde- Duque mi señor, á toca en el corazón y le harme? ¿Qué dares y tomíos, sino que los unos los otros me muelen pidiéndome una honra que así conozco como conozco al gran Turco? El caso e. s que una noche á punto de oraciones, cuatro alguaciles del Santo Oficio prendieron en la posada al alférez y se lo llevaron, amén de su ropa y papeles. No hay que decir las zozobras é inquietudes del preso, incomunicado en sombría calabozo. ¿Qué habré hecho yo. Señor, contra la Fe? Llevado á presencia de los temibles jueces, fué interrogado en la sala inmediata á la Cámara del tormento. Nada, que á la fuerza era un delincuentazo. Había escalado las tapias de un convento, forzando la clausura con ánimo pecaminoso. Habían interceptado tres billetes para una religiosa, uno de ellos en verso... Confesó que había escrito á una monja, á su tía, pero nada que trascendiese á profanidad y siempre en prosa culterana; pero de escalos y otras nefandas cosas, estaba tan inocente como cuando nació. En vista de su negativa, hubo cuestión de tormento, de la que salió malparado. Siguió la causa y siguió el martirio. Por fin, una noche vio entrar en el calabozo la figura de aquel embozado que le sacó de la antesala del Conde- Duque. -Soy D. Hernando de Sandoval y Tenorio: como familiar del Santo Oficio, he podido venir á traerle consuelos y esperanzas. -Falta me hacen, señor. -Lo primero que le recomiendo es paciencia, y lo segundo el milagroso ungüento que hace una monja de San Plácido, con el que me he curado un hervor de narices igual que el de vuesamerced. ¡Ya! -exclamó el alférez, viendo tan claro como á la luz del día. -Sin duda fuisteis á buscar el ungüento saltando por las tapias. ¡Malditas tapias, que me han traído aquí! -Todo se compondrá con una penitencia. Para que le sea más llevadera, l e daré la alcaidía de Veracruz con un situado de quinientos ducados y el tercio de las alcabalas. No es mal bocado para un alférez. -Aun para capitán es demasiado. ¡Gracias, señor! -Esta coincidencia de resfriados ha sido la causa de vuestros males. Aún yo la tapaba lo que podía: mas vuesamerced la pregonaba haciendo mérito, cuando yo sé que esas bubas son legítimas del Guadarrama y no de Flandes ni del Portugal. En cuantos lances me vi estos días iba dejando la seña cierta de la nariz con romadizo, y á vuesamerced se la cargaban en cuenta. Sufra yo la hazaña y vuesamerced el embuste. Así quedaron. El alférez fué penitenciado y salió con sambenito y coroza á un antíllo en Santa María, con harta más vergüenza que temor. Después el D. Hernando de Sandoval revolvió á Roma con Santiago, mudaron nombres, arreglaron papeles, obtuvieron licencias, y dieron á Tordesillas la suspirada plaza. Al despedirse del mesonero, que se deshacía en lisonjas proponiéndole remedios ciertos para el pertinaz romadizo, el alférez le respondió con la majestad de un empleado en Indias: -No se canse vuesamerced. Con estas narices gobernaré y me haré famoso. No pienso quitarles su fuero así se hunda el mundo. ¡No son mis servicios, sino estas bubas, las que me hicieron hombre! J o s é NOGALES DIBUJOS DC B S T S Y A H