Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
la justicia de ios hombres. Así, qae alégrese si le estiman y regocíjese si le desprecian; que es mejor aumentar la deuda por aumentar la paga Con tan deslabazada despedida tuvo el alfére: otro hervor de narices que alarmó al mesonero. Acudió al paje de bolsa, y éste le introdujo en la antesala del valido diciéndole que no faltaseá la h o r a d e recibir, que era al clarear el día, y pudiera ser que alguna vez el ministro reparase y le pidiese relación de sus pretensiones. Acudía con su papelorio todas las mañanas, y era ya conocido entre el concurso de pedigüeños. Una vez se le acercó un embozado y por señas le dijo que le siguiera: dióle al alférez un vuelco el corazón y pensó ¡esta es la mía! Metidos en el rincón de un portal preguntóle el embozado, que parecía persona principal, quién era y á qué venía, de lo que dio cuenta muy por menudo. ¿Y ese alifafe de las narices? -Esta es la pag- a de mis servicios. Y contó que cierta noche muy cruda pasada en el Rosellón se le fueron helando, y cuando le llevaron á la fortaleza y olió la lumbre, sintió un hervor... El embozado dabí -cabezadas afirmando con gran interés, y le rogó le dijese cuáles remedios le habían dado y con cuáles sintió mejoría. Aquella insistencia inquietó á Tordesillas, quien comprendió qu al uubozadopiarecianrlnteresarie más sus narices que sus servicios, y así se arrancó diciendo: ¿Vuesamerced es médico ó cirujano? El otro dijo que no y le ofreció ayudarle en sus pretensiones. Dicho esto se fué. Cierta noche venía el alférez por una calle del barrio de Segovia revolviendo en los sesos industrias para acercarse al valido, cuando al llegar á una encrucijada que se hace á espaldas de San Justo, le entrecogieron cuatro rufianes y espada en mano le acometieron á cintarazos, dejándole pidiendo confesión con lastimeras voces. Le recogió la ronda y llegó á la posada tan desencuadernado, que hubo que bizmarlo de la cruz á la fecha. Cuando convalecía, recibió de incógnitas manos un bolsillo con ducados que le confortaron, pues ya su bolsa había dado las boqueadas. Por más que indagó, no supo de quién le vino tan oportuna merced. Aconsejado por el huésped, fué á cierta botica del Barquillo á comprar ungüento apropiado á sus alifafes, y no bien entró, alborotóse el boticario y empezó á vocear; ¡Ladrón, tras de quitarme la honra, vienes por mi vida y hacienda! Salieron dos mozos de mortero, el uno con la maja y el otro con la espátula caliente, le acosaron y aporrearon, y como suele decirse, á los ojos hermosos se va el humo las mejores porradas se encaminaron á las narices, punto el más débil y doliente. Y como en aquel aprieto el boticario no cesaba de pedirle su honra con poderoso ahínco de ofendido padre, el alférez, sin saber qué hacer ni qué decir, enteramente aturdido, decía: -Yo no la tengo, señores, ¡que me registren! Estando en la cama, de aquella recaída, recibió otra ayuda de costa. Bel mal el menos, díjole el huésped; muchos conozco que son aporreados y no son favorecidos. Pero ande vuesamerced con ojo, que este debe ser sino suyo, y cuando aquí se declara este sino, acaba uno por encontrarse cosido de una puñalada en los pechos. Con esto, no osaba andar de noche por las calles y en cada esquina veía u n asesino. Un día recibió una carta de la monja, que le dejó como quien ve visiones: De vuestros dares y tomares son tantas cosas las que me cuentan, que me devuelvo los parabienes de vuestra llegada. De hombres es afrontar el peligro y de animales el buscarlo, según el latino, y más como animal que como hombre anda vuesamerced por el mundo. Yo diera lo que á vuesamerced le falta porque tuviera lo que yo no hé menester, y aunque falta me hiciera, daríalo por caridad; que de ese modo vuesamerced andaría más honrado y yo quedaría más satisfecha.