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bas nances del alférez p i alférez D. Rodrigo de Tordesillas, parado ante la puerta de un mesón cercano á la Puerta de Atoclia, tuvo que dar voces para que saliese alguno á tenerle el estribo y le ayudase á desmontar de su flaca muía, harto más helada y acabadiza que el jinete. Como la tarde aquella de Bnero era asaz desapacible, los mozos del mesón andaban revueltos en la cocina no osando desamparar la lumbre, en que podía asarse un ternero, según el rojo braserío y el gran abanico de llamas que llenaban d e suave resplandor la mejor pieza de la casa. Venía el alférez ataviado mitad á la soldadesca y mitad á lo estudiantil. De lo primero, traía el sombrero de faWa recogida, el coleto sudado y el espadón con más rejas que un locutorio y más que nada el aire fanfarrón y de pocos amigos: de lo segundo, u n cumplido manteo bien remendado y desteñido; tan feble, que sin bajar el rebozo, con sólo empujar, s a c a b a la mano por donde quería. En su maletín de cuero caballar traía unas camisas, dos pañizuelos y un rollo de papeles en que venían apuntados sus servicios. Mientras acomodaban la muía en la cuadra más abrigada, el alférez tomó puesto en la lumbre, echando una ristra de por vidas y votos, á fin de que cuantos allí estaban le tuviesen por tal soldado y no de los de partes quietas. Con mucha autoridad mandó llamar al mesonero, y al tenerle delante le manifestó que tuviese en mucho su calidad y persona, que fiaba, amén de t u buen talle y presencia, cierto maragato, antiguo cliente del mesón, que para tal efecto le encomendaba. El mesonero dijo que se haría conforme el hidalgo se fuese mereciendo, y tras de esto, puso al alcance de sus manos un jarrillo de vino de Arganda. Con el calor- de la llama y el del vino, comenzó á sentir el soldado algo como un molesto hervor en las nances, cosa que le alborotó. Enterado de que venía de tierra de León, díjole el mesonero que esa era señal cierta de su paso por Guadarrama, puerto que tiene más narices á su cargo que soldados tenían Flandes y las Indias; mas que todo vendría á quedarse en unas bubas de resfriado que con la templanza y buena comodidad de la Corte se irían gastando, ya que en larga pretensión no queda nada que no se gaste. A eso venía el buen Tordesillas, como al punto caló el astuto huésped. A pretender el favor del CondeDuque, en cata de algún adelanto y mejora en su oficio. Como valedores contaba con su tía Sor Magdalena de la Encamación, monja trinitaria descalza, y con un paje de bolsa de cierto consejero de Castilla, paisano suyo y mozo bien despabilado. El alférez había estado en Flandes poco tiempo, y sin probar su valor le enviaron á Ñapóles y de allí pasó embarcado á Portugal, donde se eternizó en la molicie. No fué culpa suya, sino de la casualidad, que sin duda á cosas pacíficas le encaminaba: mas desconsolábale no poder- descubrir, como hacían otros pretensores, ya el chirlo de á cuarta, ya la mitad de la oreja que le dejó el t u r c o ó le partió el tudesco, ora el brazo cercenado ó la pierna mechada: y como pasados unos cuantos días se le enconara la nariz, semejante á un rábano de Fuencarral, ideó la traza de sacar partido de aquel accidente, y salió por todas partes pregonando que la pestilencia del Maestrich y las humedades del Tajo aguantados en servicio del rey, le habían marcado de aquellas honrosísimas señales que pedían á voces recompensa. No pudo ver á su tía Sor Magdalena, metida en ásperas penitencias, por lo que hubo de escribirle cierto papel bien floreado, á que contestó con otro la citada monja aún más rodeado y sutil, conforme al gusto epistolar de la época. El parabién de la llegada de vuesamerced antes lo recibo que lo doy: porque si el bien más es en nosotros que en los demás, no sería en los demás si no es en nosotros. De sus méritos y servicios será bien que atiendan, ya que atender es mérito y servicio de Dios siempre. Mas si no atendieran, será para vuesamerced feliz suceso, que eso tendría más en cargo de Dios, y mayor el premio cuanto menor