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pero por precaución daría orden de matarla. -Así se hizo. El veterinario examinó á Medorita, salió chanceándose torpemente, afirmando que no padecía sino los primeros síntomas de un mal cutáneo muy repugnante, que á eso se debían su tristeza y su furor, y que convenía evitarla sufrimientos con un tiro. Y no tenga usted pizca de aprensión, señor marqués... Cogí el revólver de Enrique, y á boca de jarro disparé dos veces. Medorita dio u n salto y cayó, tiesa y erizada, con la cabeza deshecha y el espinazo partido... Al volverme, impresionado como si acabase de cometer un crimen, sentí que Enrique se abalanzaba á mi cuello. Fué un momento atroz... Creí que me mordía: -y era que con acento sobrenumano murmuraba á mi oído: -Es inútil tratar de engañarme... ¿Entiendes? Inútil. ¡Vas á prometerme por tu honor, por tu madre... que al declarárseme la rabia, me matarás á mí lo mismo que á Medora! Y, subyugado, prometí: prometí por mi honor. Enrique pareció tranquilizarse u a poco. -Inmediatamente nos dedicamos á consultar á las eminencias. Entonces no se conocían los atrevidos métodos modernos para combatir la rabia, pero el misterio del extraño mal era el mismo que es hoy. ¡Inmensa extensión grí- i r? -7 s r fde nuestra ignorancia! Nada podef mos afirmar, nada pronosticar -declararon los hombres de ciencia. Ea ra bia puede p r e s e n t a r s e y puede no presentarse. Si se presenta, no conocemos remedio seguro... Cruzarse de brazos... Calma y no preocupar el espíritu, que es peor. ¡No preocupar el espíritu! Enrique, al oir este consejo, soltó una risa demoniaca, una risa que blasfemaba. ¡Qué período aquel el de los brazos cruzados! Mi amigo no me hablaba sino del fatídico plazo, de la hora espantable... ¡Me matarás! repetía con imperio. -En vano trataba yo de distraerle, de llevar su pensamiento á otros caminos. Ea idea fija derivaba hacia la locura. Sin embargo, corrían días, meses, trimestres; corrió medio año, un año... y nada indicaba la aparición del mal. El tiempo hizo su oficio de lima: Enrique renació á la esperanza: empezó á interesarle algo da la vida exterior, á salir, á ver gente, á olvidar... ¡soberana medicina de todos los males de la tierra! Creyóse indultado, y entonces su juventud le rebosó por los poros, en vibrantes explosiones de alegría y de placer. Siempre había sido aficionado á la caza, y cuando me propuso una cacería, encontré en ella pretexto para disfrul y acepté. Nos trasladamos al pueblecillo de Turnes, donde Enrique poseía una casa solariega. Aún me parece respirar el hálito de fuego de aquella siest i to... Habíamos resuelto bañamos en el río, y nos desnudain s MI nu paraje solitario, bajo unos frondosos alisos. Enrique se quejaba desde hacía días, de vago malestar, de tener la garganta apretada, las fauces secas: era sin duda el bochorno canicular... Vi sus blancas piernas musculosas sumergirse en el agua transparente, y de pronto escuché un grito, un alarido más bien, aigo estremecedor. Y le vi correr como un insensato hacia mí, agarrarse á mí, clavarme las uñas en la desnuda carne. Sus ojos salían de las órbitas. ¡Ahí! -balbuceaba. ¡Ahí! ¡Medora! ¡Ahí! ¡Está ahí quieta, en el fondo del río! ¡Ea h e visto en el espejo del agua! Y cayó, revolcándose. Su boca espumaba; sus brazos se retorcían: pegaba prodigiosos saltos, como si no le pesase el cuerpo. Aparecía más aterrador en su desnudez de demente. Al fin se calmó un poco. Enjugué su sudor frío, le hice vestirse, me vestí, y cuando, sosteniéndole, volvíamos á casa, me suplicó, juntando las manos con angustiosa vehemencia: ¡Acuérdate de lo que me has prometido! ¡Infeliz! No me atreví á cumplir. Le dejé agonizar ocho días, entre torturas, en manos de curanderos, de raédicos rurales, que le recetaban ruda cocida, con sal y vino blanco, y que por último le sangraron, porque no se le podía sujetar. No quise acceder á quebrantar el quinto mandamiento... Y por no infringirlo, por resistir al imperio que en mí ejercía Enrique, di lugar á que él, en un acceso más violento que ninguno, comunicase el horrible mal á la hija de la mayordoma que, piadosa, le quería asistir. Enrique sucumbió entre dolores y frenesíes, y en los últimos momentos me gritó: ¡Cobarde! Yo huí; no sé qué hicieron de su cuerpo; no le vi enterrar; no pregunté por la infeliz mordida, en quien la cadena de desesperación soldó otro anillo... A pesar de haber cumplido mi deber, no tuve una hora de alegría; viví huraño, solo, deseoso de morir también... Y ahora que ella se aproxima, desearía cerrarla el paso. Pero avanza inflexible, y va á apoyar sobre mi agitado corazón los mondos hueseciUos de sus dedos, parando el péndulo eternamente. EMIWA P A B D O DIBUJOS DE MÉNDEZ BKINGA BAZÁN