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ELD QUINTO l o puedo dudarlo. a se aproxima: oigo el ruido de madera seca de sus canillas y el golpeteo de sus pies sin carne sobre los peldaños de la escalera. No la quieren dejar pasar los médicos: mis sobrinos la aguardan con secreta ansiedad... Ella está segura de entrar cuando lo juzgue oportuno. Pondrá los mondos huesecillos de sus dedos sobre mi corazón, y el péndulo se parará eternamente. Viene como acreedora: sabe que la debo una vida... que al fin cobró, pero que yo me negaba á entregar. Y es que en mi conciencia estaba grabado el precepto santo que nos manda no extinguir la antorcha que Dios enciende. ¿Hice bien? ¿Hice mal? Voy á recordar aquel episodio, por si á la luz de esta hora suprema lo descifro. Otros sienten remordimientos de haber matado. Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo... porque no maté. Fué mi mejor amigo de la juventud el marqués de Moncerrada. Juntos cursamos la facultad de Derecho; juntos corrimos las primeras aventuras. No teníamos dinero propio: todo era común, y ni el interés, ni la vanidad, ni la mujer, la terrible y destructora mujer, abrieron entre nosotros grieta alguna. De dos que se quieren, siempre h a y uno que se impone: aquí fué Enrique, y yo me avine á sus gustos, me adapté á su genio. Al pronto no me di cuenta del ascendiente que sobre mí ejercía: cuando lo advertí, experimenté cierta involuntaria mortificación. En mi interior surgió el afán inconsciente de reivindicar mi personalidad si se presentaba una ocasión decisiva. En las cosas pequeñas no es á veces más difícil transigir que en las grandes. Yo, capaz de dar por Enrique Moncerrada hasta la piel, no acertaba á soportar con su afición á rodearse de animales, sobre todo caballos y perros. A instancias suyas aprendí á montar, y de mala gana sufrí las caricias de Medora, la perrilla predilecta, una faldera rizada, blanca como el ampo de- la nieve, con hocico rosado y dos ojos lo mismo que cuentas de azabache. I a verdad es que era un encanto, y nos hacía mil travesuras graciosas, semejantes á coqueterías de niña ó de mujer. Con Enrique partía el lecho, el suave calor del edredón y de las mantas. Un día... Esto sí que lo tengo presente, hasta en sus circunstancias más mínimas. -Volvía yo de alquilar unos dóminos para el baile del Real por encargo de Enrique; eran las cinco de la tarde, y le encontré cerca de la ventana, aplicándose un parche de tafetán inglés sobre la mano derecha. Figúrate- -exclamó- -que Medorita me ha clavado los dientes... no sé hasta dónde. ¡Así son todas las hembras! ¡Tan pronto halagos, como mordiscosl Ea vi triste; me empeñé en distraerla y que jugase... y ahí tienes el premio; y diciéndolo, reía. -Por mis venas corrió hondo escalofrío. Adiviné con tremenda lucidez, en un relámpago; una luz lívida, horrible, me cegó, y viéndome vacilar, Enrique me miró asombrado. ¿Qué te pasa? No contesté. En un rincón, sobre fofo cojín de seda, se enroscaba Medorita, abatida, inerte. Mis ojos se fijaron coa tal extravío en el animal, que Enrique, á su vez, comprendió. Nunca he visto semejante expresión de terror en un rostro humano. Su palidez fué de muerto, de muerto ya descompuesto en la tumba. -No cruzamos palabra. Saqué del bolsillo mi cortaplumas; arranqué el tafetán inglés que cubría las heridas; las dilaté; calenté la hoja en la chimenea, hasta enrojecerla, y practique el cauterio- -brutalmente, como supe, como pude. Enrique rechinaba los dientes, pero no gemía, Al fin murmuró con acento desesperado: -Si está rabiosa... tiempo perdido. ¡Es muy tarde! ¡Mordió muy hondo! Huímos del gabinete, cerramos con llave, para asegurar á Medorita- -y esperamos al veterinario, avisado urgentemente. Buscando un pretexto, yo le aguardé en el portal, y le rogué que sólo á mí dijese la verdad entera. Convininios en que si la perra estaba en efecto rabiosa, él afirmaría que no,