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Una guitarra nueva 1 AS dificultades que en todo tiempo ofreció el cultivo de la poesía popular, y particularmente de los cantares ó coplas líricas, aumentan de día en día. El gusto del público va refinándose; los sentimientos se ag- uzan y destilan 5 pierden la sencillez necesaria para traducirse en esas fórmulas breves y enérgicas de la inspiración del pueblo. Por eso debe saludarse con entusiasmo toda tentativa que los poetas hagan por expresar su sentir como expresa el suyo el pueblo, y la aparición de un poeta nuevo que escribe cantares no es un suceso vulgar y que no merezca ser consignado. En el caso actual, el poeta es una joven distinguidísima: la señorita Josefa Vidal, que ha reunido algunos de svis versos en un volumen titulado Vibraciones. Del hondo sabor popular y de la brillante inspiración que en los cantares de la señorita Vidal se advierten, podrán juzgar nuestros lectores por las muestras que, hojeando el libro, sin ánimo de escoger, copiamos, teniendo por señalado honor el presentar al público á esta ilustre artista: Después de vender su alma, fan só o piensa en rezar... 6 sfa mujer esfá looa; hasta á Sios quiere engañar eon ¡as mieles de su boea! Sn ¡a tumba de mi madre ¡s flor del quebranto auido; siempre que por allí paso, ¡a flor me diae: Cijo mío: tú sólito me bases caso... I Jl otras personas de mí te que as, no sé por qué, y tiasta á olvidar te enseñé cuando este saber perdí. Dentro de mi eorazón guardo tu cariño muerto: para ün cadáver tan chico, ¡qué sepulcro tan inmensol Jl la oriatura infeliz, hasta el tiempo le haoe burla: si goza, pasa eorriendo; si sufre, no pasa nunca. Jl la sombra de tu casa me puse a considerar: sí será bruto fu padre, que no me puedo sentar... JCe de hacer una escritura y sellarla eon mi sangre, donde conste que si he muerto fuiste tú quien me mataste. Cuando mí madre murió, me dijo su alma al oído: Se fué la que te quería; no pienses más en cariños! Como odias hasta mi sombra, me voy para darte gusto; ¡ya ves si me marcho lejos, que me marcho al otro mundo: Sn ti puse mi esperanza, y aunque no lo mereaias, te di el corazón y el alma... ¡Si quieres, toma mi vida, porque ya no me hace faltal Jfíe preguntastes un día: ¿íPor qué doblan las campanas? y acababas de matarme toditas mis esperanzas. Vete, por Dios, de mi vera, porque me vas á matar, y no quiero que me mates pa poderte perdonar. Donde quiera que tropieces, mira el sitio con afán, y encomiéndate al Señor cuando vuelvas á pasar. Cuando miro á las estrellas, ojos tristes me parecen de amados seres que dicen: ¡Vente eon nosotros, vente! Jío hay quien sienta el mal ajeno: cuando mí madre murió, mientras yo estaba llorando cantaba el enterrador. Viste que mi pecho ardía y no apagaste la hoguera: supiste que me moría, y no acudiste siquiera á socorrer mí agonía. Jío vengas eon ese orgullo; no vengas con esos cuentos; cuanto más ¡a lumbre humea, es que tiene menos fuego. 3 asé por su tumba, y vi medio marchita una flor, que regué, pensando en ella, aon llanto del corazón, y dije con amargura: -S ara nada sirvo ya; flor que riego, se marchita; alma que quiere... ¡se va! Jío sé por qué ríes; no sé por qué cantas, si ves que de pena yo me estoy y tíj eres la causa. muriendo, S asó por mi vera eon la vista baja; por no perdonarle sus malas partidas. ¡le volví la espalda! Jl iuerto tengo el corazón, y no lo puedo enterrar, porque se ha muerto en tu pecho y no me lo quieres dar. Jío desmayes en pedir, aunque no te escuche Dios, que el consuelo de esperar es el consuelo mayor. Delante de un Santo Cristo hicimos un juramento, y al que á faltar se atreviera se lo tragara el infierno. ¿Ce acuerdas lo que juramos? Jío olvidar nuestro querer. ¡Jldiós, que en el fuego eterno nos volveremos á ver... DIBUJO D E V A l l E L A