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L a primera de abono más lioiuloy i p a r l n d o rie U cíille de los Tres Peces, de un caserón cuyos h- ihiÍAnIcs, al mellos líi estaban más diicbus en echar las tres cartas y en j u g a r del cncucntroH del lirón y de Ijj mecha que eu otros oficios. quizás más íitilcs pt rri no tan florecii ntes y Kii- ítosos, cxlrai o sn cnt rjfo l tno d e íjtirbo y nvueltí en un inantun d e llanil. i íi, ido por la ücñd Bárbara la corredora del Satitren la IsMríi l cco, h e m b r a de mucho cuidado, guarnt edcjra d e hotúms bravia doiidi? hubiera otra, Fin palabra bueuíi ni hecho malo, como Huelen ser inncliaH del b a r r i o aciufl, con hieles en la boca y míeles en la orza. Las d e cuello vucUo q u e ella habría aiT íado en esle mundo, y priucipahneule en la parle del planeta comprendida entre el almact- n de calleado d e Barrioiluevo y la esquina del Ave M. iría. no tenían cuentii; ni tíimpoco la tenían las moustriioMdadcíi, cacolojTÍasH solecismos y b u r r a d a s uuras V MUJples q u e lo habrían salido, como decía el poeta, d e rFiírt un uói o v otro fo n radú. Á la riísuclla ninfa. T E 1 Í El resu t, ido del genial de la Isidra. era q u e el úsfuraí. ilustre y acreditado puntillero de la cuadrilla d e l m r rK i viera sxis visceras nías importantes corroídas por h o n d o pesar. Estaba enamorado, niuchn niás enamorado que Macias, á causa de ser b a s t a n t e más b m t o y n o habia proeza taurómaca de que no se sintiese capaz cuaudo por azar tropezaban sus ojos con los d e la Isidra í eco. El escalaría los cielos, mataría seis toros d e u n a estocada, haría un m o n t ó n (le tírrf as más alto q u e la turre de S a n t a Cruz, entraria como etítraba rmciu- lo y saldría como salía L- i rfi ó se q u e d a r í a hecho astillas en la plaza como el pobreoito Vn -jLos h a y m n y alabimciosos! -contestaba easi s i e n i p r t í la altiva guarnece doraPero al cabo se ofreció ocasión y escenario aproiado p a r a las pruyecladiis erojcidades del r- atiirai. Bu espada, el Jiadajua ff íea, había sído contratado p a r a la liruiporada d e príniavera, y toreaba en ia c o r r i d a d e inauguración; era uno d e e s Ios toreritos majos ¿quienes los madrileños estamos deseando aupar, por el aquel de q u e no nos aburran con l a u t o Córdoba y t a n t o Sevilla. Kl Posii, ras obsequió á su a m a d a con un tabloncillo de tendido. Ella lomó el billete, y no dijo si iría ó si n o iría. Fué, En luda la t a r d e ¡ravos del cielo y maldita sea la suerte de los hombres no puiio, no h u b o manera, nvtdio ni ocasión íe que el r s nras realízase l a uienor hazaña. Discreto y prudente, siendo el último peón y el más modcnio, ¿cómo había él d e meter un capote? P a r a colmo d e males, cl hndoTtuí thkn q u e d ó tan bien, q u e de pachó s u s dos loros d e dos estocadas íulminantcs: el Fc tums no log ró ni iquiera coger la puntilla. Volvíase pata casa muk rto d e ver lñen as ¿Qué iba á decir, qué habría dicho ya la Isidra. tjue íll, el bravo l ofínra. uu hombre d quien le baíhdia t l corazón h a s t a saltarle los botones del cíhaleco, era un badanas, un rue ijhs, un parapoi: o. Aquella noche no se atrevió 4 pari cer por los Tres Peces; no d u n u i o n o sosegó- A la m a ñ a n a fué en busca d e la Jsidra; la habló, y jseñores, vamos, se cuenta y no se cree! -quién será el sabio capaz du conocer el corazón d e una guamecedoríi. de botinas? Pues nada, que confonne la Isidra iba á la plaza decidida á no enamorarse ni dejaríie alucinar por las ofrecidas y ponderadas mara illas del J iinis, cuando le vió en el redondel con el traje t a b a c o d e alamares n e g r o s y su buen m a n g u i t o envolviéndole el brazo, como si Eucra el escribano de la cuadrilla, el corazón se le revolvió en el pecho á hi b r a v a muza. Vamos, que aqnél era un hombrecito ganándose los duros con salero, sin mancharse ni romperse la ropa. Están m u y lejos los tiempos de la fUiída, y en mi bacrío gustan más los hombres funnalcs y apañados E r