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campo extenso, aperos de labranza y animales domésticos, y repitiendo la frase con que se inauguró la tragedia de la vida: -Ganarás elpan con el sudor de tu frente- -les dejaron abandonados en aquellas verdísimas llanuras. El primer impulso de el Piti fué venderlo todo, hasta la casa, y huir de allí, para ir á una ciudad donde pudiese ejercer sus timos, pero los colonos próximos á su hacienda le convencieron de que su plan era imposible, hiciéronle ver que nadie le compraría ni los aperos ni las bestias, que sería perseguido, y encarcelado, y que tal vez los agentes de la compañía le matasen á palos; de suerte que el Piti empuñó el azadón por vez priipera, con repugnancia grande, y la tierra se mostró esquiva al débil esfuerzo de su brazo; pero á medida que iban pasando los días y que su cuerpo endurecíase con vigor de hombre, el terruño amansaba sus esquiveces y más benignamente abría el seno para entregarle sus tesoros. Aquel D. Pantaleón amigo del padre de Ambrosio, cometió con ofensa del Código un chanchullo en cierto expediente, y como se descubriera el gatuperio, le fué preciso huir de España con el producto d e su obra, para no cruzar el dintel que separa la carne libre de la presidiaría. Recordó que el Piti le había escrito, y pensando valerse d e las habilidades del muchacho para poner una agencia de negocios no muy limpios, llegó á América y á la república y al campo donde su presunto colaborador vivía. Ambrosio se encontraba á rtiás de dos kilómetros de distancia dirigiendo una máquina segadora, y al entrar D. Pantaleón en la casa se encontró con Delfina, que se hallaba. cosiendo en el portal y moviendo con el pie la cuna de su niño. Delfina estaba mucho más gruesa, había en f 5 u mirada cierta serenidad honesta impropia de ella; sentada en su silla de esparto parecía una reina en su trono, y al mirar al viejo recién llegado no dejó de mover el pie que mecía la cuna. D. Pantaleón esperaba q u e le hiciera guiños y carantoñas como en otro tiempo, y hasta inició algunas bromas picantes, á lascuales respondió Delfina con la más natural indiferencia diciendo: -No levante usted la voz, D. Pantaleón, que se puede despertar el niño. Al poco rato llegó Ambrosio; desechó los planes que le proponía D. Pantaleón, le habló d e la felicidad del trabajo, de que la Compañía le daría pronto participación en las ganancias, y se dio injportancia tal, que el viejo de los ¿han- chullos le recordó imprudentemente que había sido el Piti. -Es verdad, exclamó el joven, pero ahora soy Ambrosio; el Piti es el perro que tengo en la finca para que me libre de los ladrones. No se acerque usted mucho, por si acaso. -Pero, ¿eres feliz? -Sí, señor; el primer año he sufrido mucho, pero al fin he saboreado el placer del trabajo y el gozo de la honradez. La vida del labrador es una interrogación permanente que liga el día de hoy al de mañana con lazos de interés y de esperanza. Eas lluvias, las nubes, el frío, el calor, el viento, el sol, llegan á nuestro campo y llaman á nuestra casa cargados de amenazas 6 repletos de promesas; no son seres indiferentes que pasan, sino aliados ó enemigos que nos conmueven y acrecientan el afán de existir. Nuestra vida es una lucha con los favores y Iosdesdenes del suelo; nuestro sudor es vivificante, nosotros ponemos en relación la fecunda tierra con el cielo engendrador y vivimos en la tercería de estos infinitos amores. Salió de allí aturdido y desesperanzado el viejo D. Pantaleón, diciendo para su capote: ¡Quién haDía de pensar que yo envidiase á el Piti -Y cuando sintió hasta en las entrañas el embate del viento que arrastraba consigo los olores campestres de la siembra después de haberse revolcado en ella; cuando escuchó la esquila de los bueyes, él chirriar de las yuntas, los cantos y rumores de los animales domésticos, entonando el himno eterno de la libertad y la virtud; cuando vio al Piti apoyado en el hombro de su esposa bella y tranquila, y él fuerte y sano y redimido por el trabajo, saludándole alo. lejos con la serena tranquilidad de un rey de su ca. sa, el pobre viejo, despreciado, sin honra y sin familia, sintió amarga envidia y exclamó con un suspiro: ¡Quién fuera joven! l ¿v. D I B U J O S DE E Ef TEVA RAFAEL TORRÓME