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cido, político, los sentimientos de su amada Eulalia variaron. El amor de C h é n e v i s mientras éste fué un Silvio Pellico libertario, era para ella un trofeo, una aureola de gloria; pero una vez libre de la cárcel, el hombre quedó y desvanecióse el héroe... Eulalia obsequió á Cipriano con unas afrentosas calabazas. Aquél fué el golpe definitivo, el qtie decidió la vocaciSn de mártir de Chénevis. Sin aguardar á más, el hombre redactó una diatriba volcánica, en la cual proponía como la cosa más sencilla á los obreros, próximos á una huelga general, minar p r e v i a m e n t e las ciudades ó aldeas donde estuviesen acantonados los regim i e n t o s encargados de la represión y hacerlos saltar por me dio de la dinamita el mismo dia y á la misma hora. Al día siguiente, exterminado el ejército, se acababa la burguesía, y así, con gran facilidad, quedab, j Jíí okJUJ- fcLl ta para siempre. El articulóse publicó en el fondo del Gnaff. Al otro día, el periódico fué recogido y Chénevis entregado á la justicia. El fiscal, en una peroración que le valió el ascenso inmediato, pidió un ejemplar castigo para aquel reincidente peligroso, para aquel Erostrato sanguinario, para aquel tigre ansioso de- carnicería, á quien la sociedad debía sin compasión hundir en las mazmorras tenebrosas de la Anarquía. De aquella hecha, Chénevis pescó una pensioncita regular: diez años de prisión correccional. Cuando escuchó la sentencia, una vaga sonrisa de desprecio iluminó el semblante de la víctima. Y Chénevis, con la frente alta, volvió á atravesar los umbrales de la cárcel. Allí encontró á sus. carceleros, conmovidos de volverleá ver, sus ejercicios, sus baños... No faltaban admiradores pródigos en socorros, y hasta Eulalia, arrepentida, volvió á adorarle. El hombre tornaba á su vida apacible y regalona. Pero de los escarmentados nacen los avisados, y cuando al cabo de dos años se le ofreció la gracia de indulto, la rechazó con indignación, no queriendo recoger su libertad de manos de la tiranía Esta conducta, digna de un héroe clásico, le valió calurosas felicitaciones aun de sus adversarios políticos. Tres años después, su abogado volvía á la carga, sin conseguir nada. -Oiga usted, querido Chénevis, está usted obcecado... le aseguro... en el ministerio hay las mejores intenciones respecto de usted. Le conceden la libertad sin restricción alguna... Francamente, ¿qué más podía usted desear? Chénevis dejó pasar unos minutos, colocó su mano solemnemente en el hombro del picapleitos y rugió con voz sorda: ¡Quiero la Legión de Honor! -Esta frase fué la comidilla de París algún tiempo, y reverdeció la celebridad de su autor. Se le compadecía, se le admiraba. En muchas tarjetas postales le representaban con el grillete al pie, la barba crecida, en un calabozo lóbrego y húmedo, junto á un cántaro de agua, disputando á las ratas un pedazo de pan duro. Pero concluyamos. Sabido es que algunos días después de salir de su celda asumió heroicamente la responsabilidad de otro artículo, que le valió otra condena á dos lustros de cautiverio. Sabido es también que al llegar la Revolución social ¡por fin! Cipriano Chénevis fué sacado del calabozo por la muchedumbre entusiasta y delirante, que aclamaba al mártir. (Sacado de la sección de noticias del diario Los Tiempos Futtíros, de 19 de Julio de 19... Hemos procurado adquirir noticias de Cipriano Chénevis, una de las más nobles é ilustres víctimas del antiguo orden de cosas, completamente abolido por el, maravilloso movimiento revolucionario del 10 de Julio último. Desgraciadamente, abrigamos el temor de que la razón del gran ciudadano no haya podido resistir á un choque tan imprevisto, á un cambio tan radical de situación, pues nos ha dichoque vituperaba á l o s que le habían sacado de la cárcel, y que echaba muy de menos aquellos tiempos de lucha en que al menos se podía sufrir, y en caso necesario morir üor una idea... DIBUJOS D E MÉNDEZ BRINCA JORGE MAUREVERT