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iiabían permitido, so pretexto de restablecer su delicada salud, h a c e r ejercicios físicos, esgrima, pesas, boxeo: había llegado á colocar unas paralelas en el jardín, y los deportes, c u a n d o el tiempo era desapacible, se verificaban en el locutorio. Todos los días Chénevis practicaba la esgrima y el boxeo con el señor de Montjo 3 e, ó bien con los complacientes carceleros, apostándoselas, ya en las picas, ya en las anillas. Chénevis no abandonaba los ejercicios físicos sino á la hora de v i s i t a requerido por los deberes sociales. Así, había mejorado notablemente su salud, un tanto alterada por la fatal existencia de antaño. La buena comida, la tranquilidad y un ejercicio atlético juicioso le robustecieron músculos y estómago en dos meses. Además, en la cárcel había una sala de, baños, con masseur y pedicuro á las órde itivos. Chénevis adquirió allí háI le eran familiares hasta entonces. Al llegar la noche, les encerraban suavemente en las celdas, que tenían puerta de comunicación, y como tenían á su disposición la luz eléctrica pasaban el rato leyendo, escribiendo ó entablando formidables partidas de damas, de ajedrez ó de tresillo. Ocioso es decir qvie, mediante una módica retribución, confiaban á los carceleros, viles esclavos, el cuidado de hacer las camas y de barrer el piso. Ivl señor de Montjoye había abandonado la cárcel seis semanas antes del indulto de Chénevis. Su i iarcha dio lugar á tiernas despedidas 3 conmovió profundamente álos carceleros. El aristócrata dejó á su colega en posesión de los chismes de sport y de algunas cajas de cigarros, obsequio que al inforhinado Chénevis le llegó al corazón. Así es que la marcha del señor de Montjoye no cambió gran cosa la manera de vivir de Cipriano Chénevis. Acaso de vez en cuando sentía cierta nostalgia de los platos delicados que antes compartía con el polemista; pero los socorros que le enviaban los intehxtuales y algunos compañeros le permitían alimentarse en la cantina, cuyas comidas eran sanas y abundantes. Además, ya llegaba el invierno, los días horribles de lluvia, viento y nieve. Bien agazapado en su celda, cuya calefacción no dejaba nada que desear, Chénevis no se preocupaba de las variaciones atmosféricas, ni le producía la menor incomodidad la idea de una invernada obligatoria en aquel sitio. En esto, al indecente gobierno que regía en Francia se le ocurrió la pesada broma de arrojarle á la calle en pleno in ierno! Ya hemos hecho constar más arriba que las primeras palabras de Chénevis al salir de la cárcel fueron una protesta contra semejante abuso del poder público. I ormulada la protesta, el hombre se encaminaba melancólicamente hacia la calle de Mouffetard, donde estaba la redacción de Gnaff, y ¡caso curioso! se maravillaba de no sentir la menor alegría al encontrarse en libertad... Por más que hacía por entusiasmarse y regocijarse, repitiendo interiormente: ¡Ya estoy libre, ya estoy libre! ¡nada! Era una cosa rarísima, pero aquellas tres palabras mágicas no hallaban el menor eco simpático en su interior. Calado hasta los huesos y transido de frío llegó á la redacción del Gnaff... Algunos compañeros que se encontraban allí se extrañaron, no sin envidia, de su gordura, de su excelente aspecto. -Bien, hombre; tienes la facha de un hombre próspero y feliz. ¡Cuidado que te ha sentado bien la jaula! ¿eh? -Estas y otras expresiones vulgares y brutales á que no estaba habituado, le causaron detestable efecto... Pero todavía le fué peor cuando, después de haber ga. stado sus cortas economías, tuvo que agarrarse nuevamente, apretado por la necesidad, á s- a antiguo oficio de vendedor de periódicos, correr el temporal por las calles, recibir empujones y codazos, exponerse á lc ringitis y bronquitis voceando los periódicos; todo para obtener irrisorios jornales, que á lo sumo le permitían comer en figones inmundos y dormir en un tabuco miserable... ¡Ah! ¿qué había sido de los cuidados corporales de antaño, el atletismo, el fórmente, los habanos, las lecturas, las partidas de tresillo, y la buena manutención y la mullida cama... y la consideración social? 4- todas sus pesadumbres vino á añadirse una maj or. Desde el día en que dejó de ser hombre cono-