Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
cel. Iva calle, de casas bajas, estaba desierta, sombría. En la jaula de cristal de los faroles, protegida por una corona mural, revoloteaban todavía las mariposas de luz. El viento pulverizaba la helada llovizna... Chénevis tiritaba. Acababa de abandonar el lecho caliente, y no tenía por todo abrigo más que la ropa ligerita que llevaba cuando le metieron en la cárcel. Atisbando al centinela, que daba diente con diente en su garita, exclamó con triste sorna: -No, verdaderamente, no es por ganas de quejarme, pero bien podían haberme indultado después de Navidades. ¡Largo de ahí! -le intimó brutalmente el soldado. Chénevis, molesto, replicó: ¡Vaya, vaya, amigo, bien podías tener mejor crianza! Soy un prfeso político. ¡Y pensar- -reflexionó- -que á semejantes animales queremos sacarles de la esclavitud! ¡Está bien! ¡Pásese usted dos años preso por favorecer á individuos de esta clase! Chénevis, que había sido primeramente vendedor y repartidor y después corresponsal del periódico anarquista Gnaff en un pueblecillo de los alrededores de París, con motivo de una huelga de mozos de café había escrito un artículo exhortando á estos interesantes ciudadanos á envenenar á los clientes poseedores de sombreros. de copa; y aunque el artículo estaba escrito en un francés pintoresco y, en último resultado, la proposición tal vez pareció un tanto desatinada, el tribunal, conmovido, no pudo menos de enviar á la cárcel á Chénevis, condenándole á dos años de prisión correccional. La clemencia presidencial acababa de indultarle dos tercios de la pena. Su proceso había tenido cierta resonancia, y su actitud insolente y audaz durante las vistas le había procurado alguna reputación. Chénevis no lo había pasado mal del todo en la cárcel. Durante cuatro meses había sido compañero de celda del célebre folletista satírico Rolando de Montjoye, realista irreductible, ultramontano rabioso, condenado por tentativa de restauración monárquica. El conservador y el libertario habían hecho excelentes migas; el anarquista divertía al reaccionario y el reaccionario maravillaba al anarquista. Por otra parte, ambos tenían ideas comunes de derribarla República, aunque las expresaban en formas diferentes. El señor de Montjoye daba participación á Chénevis en los mil regalos consentidos por el reglamento. Todos los días, un mandadero venía á recibir órdenes de aquellos señores para el almuerzo y la comida que traían del restaurant, á costa del polemista, naturalmente. Y Chénevis se cebaba cuanto podía en la caja de habanos del ütdecente burgués, como llegó á llamarle en la- intimidad. Lo más curioso é interesante era la hora de las visitas. Mientras que el realista recibía, en el vasto locutorio que sirve para los detenidos políticos, la visita de matarifes, de empedradores, de vinateros, de horteras y de mozos de cordel que formaban de ordinario su estado mayor- -multitud un tanto vulgar, realzada á veces por la discreta presencia de alguna dama aristocrática ó de algún socio del Jockey Club- -el anarquista, en cambio, recibía una elegante procesión de intelectuales, escritores conocidos, artistas notables, sabios eminentes... hasta dos miembros de la Academia francesa. Los carceleros, por otra parte, discretamente educados y advertidos, se deshacían en atenciones y miramientos hacia los dos presos políticos: les hablaban siempre gorra en mano, y al llegar ciertas visitas misteriosas se retiraban sonriendo con diplomática reserva. Desde las siete de la mañana á las siete de la noche se hallaban ambos en posesión exclusiva de un jardín bastante grandecito, plantado de evonymus, de heléchos y de otros arbustos de verdor peren, ne. Como el seSor de Montjoye había conservado excelentes relaciones con el ministro de Justicia, le