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L 05 A A felicidad no es, como suponen algunos, ún ideal perpetuamente rebelde á ser conquistado por el hombre, algo que no siendo terreno, se escapa fácilmente á la percepción de la vista humana, no; la felicidad no hay que suponerla único y exclusivo premio de una futura existencia; la felicidad positivamente existe en la vida y vive en el orgullo; y esto es tan cierto, que todos los q u e s o n presuntuosos, pagados de sí mismo, primeros é incondicionales admiradores de sus propias personas, son indudablemente felices, porque ellos se consideran seguros de haber realizado en la vida el fin para que fueron creados, tienen la firme creencia de que han resuelto satisfactoriamente su misión en el mundo, y así tenenio; muchos políticos, literatos, artistas, etc. absolutamente felices. ¿Quién más que ellos? ¿qué talento comparable con el suyo? Nadie. ¿Hay séi más dichoso en el mundo que el torero afamado, el espada de moda, que ante su corte de admiradores pasa por el rey del toreo? Sus amigos sienten también un reflejo de felicidad, pasean por las calles el orgullo de que todo el mundo les vea acompañando al matador, y hasta miran con arrogancia á la multitud como diciéndola: ¡Fijarse bien en mí, que soy amigo de este fenómeno! En eso estriban su felicidad, y muchos hasta su profesión, y en este punto recuerdo lo de aquel aficionado rabioso que se hizo unas tarjetas que decían: íPedro Giítiérrez, amigo de Bomhita. T Y en realidad, Gutiérrez en la vida no era otra cosa. ¿No han visto ustedes en la Plaza cuando el torero, después de hecho el desfile, arroja su capote de lujo á la barrera, con qué fruición los amigos lo extienden de punta á punta para que todo el mundo lo vea y se muera de envidia? Si el muchacho tiene la suerte aquella tarde de tener el santo de cara, como dicen, hay qiie oir luego á los amigos en la tertulia del café: ¡Bendita sea tu madre, alma mía, y cómo has estado hoy, chiquillol dice uno de los entusiastas admiradores. Yo, desde que le vi cómo le tanteó, tomándole con lá izquierda, me dije: ¡lo hace polvo! ¡Cómo ha cobrao ese toro el niño! ¡Fué lástima que escupiera el estoqu. e la primera vez! Y el niño, que ocupa el centro de la mesa, sonríe con cierta significación y dice alguna tontería, que sus admiradores aplauden y hasta la escriben, para el día de mañana consignarlo en sus datos biográficos. El matador de toros, como no puede vivir sin cuadrilla, va al teatro con la que forman sus admiradores. Al entrar, la gente se fija en el palco; las mujeres, con cierta instintiva curiosidad, preguntan cómo se llama aquel torero, y muchos padres de familia, castizos y aficionados, levantan en alto á los niños para decirles: ¡Mira, aquel que ves de la coleta en ese palco es el Niño de la Camila! Los amigos que van con el diestro se regodean de satisfacción al ver que son objeto de la atención y del interés de la gente, 3 se vuelven con frecuencia al espada, hablándole con animación, como para demostrar al público la confianza que tienen con él. ¿Puede haber en la tierra felicidad comparable á la de estos privilegiados seres y dichosos mortales? Hay quien guarda como venerable reliquia la zapatilla derecha del día que tomó la alternativa, los calzoncillos que llevaba la tarde que le cogió un toro de Concha y Sierra en Utrera, y un diente que perdió una noche en una disputa con un picador. Para demostrar su familiaridad, su confianza, siempre le oirán ustedes decir á cualquiera de estos admiradores: Hoy comemos con Manolillo. Mañana vamos á correr liebres con Manolillo. Me voy dentro de unos días á verle á Manolillo torear las cuatro de Utiel. Ayer he tenido telegrama de Manolillo. Y así sucesivamente. j- 1.1 Felicidad refleja, como decía al comienzo de este articulo, pero de todos modos muy envidiable. Pues qué, ¿no vale más que todo, ser amigo íntimo de... Manolillo? M g GABALDON DIBUJO DE ROJAS 1