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perio su- voluntad. Vete, vete pronto arriba- -le dijo l a q u e sin duda era dueña de la casa. -Estás deshecha por llegar pronto y hartarte de mimo... ¡Ay, hija! la juventud es un gusanillo- que pide ilusión, y tienes que dársela: si no, te come toda la vida. Más vale suspirar de joven por enamorada que de vieja por desconsolada. Aprovecha el tiempo, que vuela, hija, llevándose las ocasiones, y el muy perro se las guarda para que no puedan volver... Más dijo, más quiso decir, revelándose en tan corto instante como habladora sin tasa; pero la otra, que ya conocía y padecer solía el torbellino de sus vanos discursos, no la dejó aquella noche asegurarla hebra, y extremando sus prisas impacientes dijo: Seña Casta, con permiso... déjeme subir, que vengo retrasada y estará con cuidado. Sin dar e. spacio á más razones metióse por un pasillo anguloso, saludó á una criada, acarició á dos niños que de los aposentos alumbrados y calentitos salían á verla, y p o r u ñ a puerta próxima á la cocina humeante pasó á otro patio más pequeño que el primero, y como aquél, húmedo, tenebroso, atestado de material de derribos, predominando los fragmentos de altares, de pulpitos y demás carpintería eclesiástica. Por la estrecha calle que las pilas de aquellos nobles vestigios dejaban al tránsito, se escabulló con ligereza hasta dar con una escalera por la cual subió, como si dijéramos, de memoria, palpando y reconociendo con manos y pies. De ladrillo y nada corto era el primer tramo. Torciendo á la derecha encontró la rtloza el segundo, de madera, interminable serie de peldaños temblorosos y gemebundos, sin. ningún descanso, sin vuelta, todo seguido, seguido en fatigante línea recta trazada en los senos de la pesadilla. I, a última parte de aquella lucha opresora con las alturas iba por descubiertos espacios. Mirando hacia abajo se veía el patio grande, parte de la calle de. Rodas, y á la izquierda patios de casas domingueras, en cuyas celdas se veían claridades, y á lo largo de los corredores ó en las entornadas puertas sombras movibles. Rumor de humanidad subía también, y un cuchicheo de la vida afanosa requiriendo el descanso nocturno... Vencido el último escalón encontróse la mujer en un secadero de pieles, que antes de ser visto se denunciaba por el olor nauseabundo. Pasó la viajera, conteniendo el aliento, por los bordes del tenderete, y llegó á una como azotea, secadero abandonado y en ruinas, conservando los pies derechos, que habían sostenido su techumbre. Allí se detuvo un instante para tomar resuello y meter aire limpio en sus pulmones. Vio el patio de otra casa de corredor, correspondiente á la calle de la Pasión, y por costumbre de mirar al cielo en tales alturas echó atrás la cabeza con movimiento de astrónomo. Pero el cielo, que otras noches despegaba su soberana hermosura sobre e. ste montón de miseria y porquería en que vivimos, aquella noche parecía espejo en que se retrataba lo de abajo, un fangal sucio, tenebroso. Arreciaba la lluvia en aquel instante, y el agua, escurriéndose aquí, goteando allá, buscando presurosa todos los caminos y conductos que la condujeran á la tierra, hacía los ruidos más extraños. En los apanzados techos mohosos corría un bullicio de arroyuelo campesino, y en las canales rotas entregábase á ejercicios de fontanería burlesca. Los absorbederos en buen uso la paladeaban antes de tragarla. Ea todo esto fijó brevemente su atención la de los rojos chapines, buscando en la observación de tales i uidos un alivio al miedo que otros le causaban, como el galopar frenético de ratones en retirada y el bufido de gatos feroces que les buscaban las vueltas en las entradas y salidas del colgadero de pellejos... Aún tenía que franquearla moza un paso difícil para llegar al término de su viaje. Pisando tablas rotas, metióse por estrecho espacio entre una medianería y un grupo de chimeneas; llegó al alcance de un ventanón de vidrios emplomados, en parte rotos y sustituidos con papeles, y al reconocerlo por la claridad que los sucios cristales transparentaban, golpeó con los nudillos como anunciando su llegada... De allí pasó á un segundo hueco, que lo mismo podía ser ventana que puerta, con un batiente de cuarterones y otro de cristalera alambrada: empujó... Entró como paloma que vuelve al nido. Era un recinto abohardillado, como de seis varas de largo por tres de anchura; por un extremo, de elevación bastante para que personas de buena estatura pudieran estar en pie; por el otro, suficiente no más para un perro de mediana talla... La entrada de la mujer fué ruidosa: en ella, como un júbilo triunfal; en el que la esperaba, como término de ansiedad expectante. El farolillo que alumbraba la