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S C E N A XJV. E N CALAVERA- EL M O N T E D E LA rf? MuNACio (tí hs ülros scíJjJos. que juegan con él! a- vestidura Jet Jieo) -Taba. Gano. Para mí es la rijniC 3. ¿Que? ¿Crecis que voy á venderla? N o harc tal. La guardaré. Vosotros no sabéis lo que esta í c b vale; yt no lo sé de cierto, pero algo mistenoso hay en ella. (DanJo vueltas ai paño. ¿Lo veis, ciegos, lontos, locos? Esta tela no tiene costura. En ella no han andado manos de hombre ni de mujer. Se sienla pensativo. Los oíros siguen jugando. RUFA vacilaníe, rendida, acercándose á ía cruz) ¿Ha muerto ya, Munacio? MuNACio. -No; todavía no. (í evolviendo espantado tos ojos. P e r o ¿qué es esto? El sol se obscurece. y aún no es la hora de sexta. Tambaleándose como borracho- La tierra ha temblado. (Mirando á Jerusalén. El templo vacila. La t o r r e Antonia se ha inclinado como para caerse, Una voz inefable, grave, profunda, cutre el ruido del huracán, sonando: ePadre, en lus manos encomiendo mi espiriíu, n) RuHA Cayendo á tierra desmayada) ¡M u e r t o muerto, muerto! MUNACIO. ¿Qué es esto? Rufa. Rufa, vuelve en ti. M i r a escucha; no ha muerto. Los droses no mueren, y éste. Este era uri Dios, sí. lo era. Yo no entiendo estas cosas; me parece que este no era el dios de César, ni el del Imperio, ni el dios de los ricos y de los poderosos. Creo, creo firmemente que era nuestro Dios, el de los pobres, el de los obedientes. Ye al centurión, que ha caido de rodillas ante la cruz. Tenías razón, Rufa. El centurión se arrodilla. P o trémosnos todos. s IV