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t. í i L l p S C E N A X I U EN LA CALLE DE LA AMARGURA MuNACK acompüñirnJo con otros sifh oídúJox al Maestro, qut va cargado con ¡a Cruz) -E to no pucdí 5 cr, no debe sev, Colérico. Soldados somos de Roma, no verdugos. El Reo no puede más: ya ha caído tres eces. Viendo a un labrador que vuelve del traba o con la azada á cuestas. ¡Eh, tú, judío, eonio te llames! (E dice i ¡ue f Ihtna Simón y es de Cirene. Bien, pvies tú, Simón CírincoT ayuda al condenado á Ikvar la cruz, ó si no ¡por Hércules! Fijándose en las mujeres que rodean al Maeitro. ¿Aquí estás. Rufa? ¿A que viniste, á llorar y gemir, aíJigiendo máa al condenado? ¿N o decías que podía salvarse sí quisiera? Pues, lo que es ahora, y o en su lugar... Este no es Dios, RuFa; ningún Dios hasta ahora ha inspirado lástima, Y á fc mía que este Hombre da compasión. Mira tú si habré visto muertes... y te juro que llevo el corazón oprimido. RUFA (llorando) Señor, Señor; así habíamos de verte! (ucucha atentamente las palabras dtiíinas) MuNACJo. -No comprendo. ¿Ha pedido algo? ¿Qiíc os ha dicho? RUFA repitiendo h que Ü JÓ) -o Hijas de Jerusalén. no lloréis sobre mí; antes llorad sobre vosotras mismas y sobre vuestros hijos- jj ¡Pobre Señor nuestro, cómo suda, cómo sangra! MuNJvcio d ¡os otros soldados) ¡Ea, adelante, vamosl (Para si. P e r o si es Dios, ¿por qué no se salva? V r í í y I r- N K mi u -i- m 1