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x i. Ai- ¿r j S C E N A IV. I N T E R I O R D E L T E M P L O J U N T O A L A R C A D E LAS O F R E N DAS RUFA. -Ahí están, míralos; esos son los judíos ríeos. Allí viene Rabbi Oseas, el de la luenga barba. Aquel es Rabbí Jonatás, el guardador del Pentateuco, Esotro es el piadosísimo Rabbí Gad. MuNACJo. ¡Qué aposturas tan noblesl ¡Que hopalandas tan graves! SJ no llevasen los párpados caídos, como si tjuislcran hundir los ojos en el s u d o parecerían patricios romanos paseándose por la vía A p p i a ¿Y qué hacen con esos bolsos de dinero? R U F A D e j a r l o s en el arca de las ofrendas, en eí gazofiíacJo. MuNAcio, -Pues tu Rabbí Jeschuá no íes hace caso ninguno. AJIi está sentado, mirando al viento que pasa. RUFA, -Ahora se ha acercado una pobre vJuda: mírala. Lleva las tocas negras y ha dejado en el arca dos cuartos de as, de cobre. Rabbí Jeschuá se levanta y la bendice. MuvAcio. ¿Por qué? R U F A -P o r q u e dice El que los dos cuartos de as de la viuda, que son el sustento de un día para ella, valen más que los miles de esos ríeos á quienes sobra lodo. MuNAcjo- -Poca cosa son dos cuartos de as. Rufa. RUFA. Grandísima, si con buena voluntad se emplean; porque mí Dios no atesora dineros, sino corazones sencillos. MuNAcio. OUl Eso está bJen para ti, que vendes granados, para las mujeres y los muchachos; pero ¿y la fuerza, Rufa, y el poder de los ejércitos, y la gloria del Imperio, y la riqueza de las provincias dominadas, y el aparato y pompa del Senado, se compran con dos cuartos de as 7 ¿También esto ha de perecer? RUFA. -Calla y escucha, Oyi íí nue- nameiitc la voz íju liaría ci templo. TcJos njUau. fr