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árboles para quemarlos y tostando en la llama á le seres vivientes para comérselos. Fué el pastoreo el primer oficio de las sociedades rudimentarias, porque es el menos trabajoso y el más socorrido. Andando al lento caminar de los rebaños, tendido á la larga mirando al cielo, ó buscando músicas gratas y sonidos rústicos en la flauta de caña, el pastor tiene á la mano cuanto há menester: alimento en la leche y la carne, y vestido en la pelleja de sus ganados. Y después, cuando la civilización progresa y la inteligencia humana va desaturdiéndose del primitivo embrutecimiento, todas sus artes se enderezan á la supresión del trabajo. Iva locomoción fatiga los miembros y daña los pies. El hombre montó á las bestias, obligándolas á llevarle y traerle. Parecióle todavía incómodo el ir á horcajadas; quiso ¡oh antítesis ideal de la comodidad! trasladarse sin moverse, andar sentado, y entonces inventó el carro. El carro era perezoso: los perezosos de suyo son los más activos para remover á los demás. Y se inventó el ferrocarril para los caminos; se aplicó el tranvía á las calles urbanas. Y el viajar no es ya fatiga, sino descanso del cuerpo. Era necesario emplear la propia mano para lograr los frutos de la tierra y sembrarlos y recogerlos; y para hilar el copo de lana, y tejer la tela que había de vestirse. Las manos de carne se lastimaban en tales faenas, y entonces se inventó la mano de hierro. Se labró el metal, y sometiéndolo á servidumbre humilde, fueron construidas las maquinarias agrícolas é industriales. Se ara, se siembra, se siega, se trilla, se muele á máquina; se hila, se teje, se cose á máquina; se anda, se viaja, se navega á máquina; se caldea ó se refresca el ambiente á máquina; se ilumina el espacio á maquina; hasta se escribe á máquina. ¡Huelga y reposo general de los miembros y aparatos concedidos al hombre para servirse á sí propio! ¡Huelga de las piernas, de los brazos, de las manos! Solamente la cabeza queda exceptuada de este holgar común; solamente el obrero intelectual es servidor irredimible de sí mismo sin esperanza de sustitución ajena; solamente él sigue obedeciendo al mandato supremo, á la pena del trabajo impuesta á la especie humana al salir del Paraíso. Acaso sea el único obediente, porque es el predilecto, el más cercano y el más influido de la divinidad. Ea huelga domina el mundo: hasta se ha convertido en arma de combate de las legiones obreras. Eos antiguos menestrales pedían sus derechos ó vengaban los ultrajes de- la tiranía con el hierro y con el fuego, entre el griterío tumultuario y la sangre de la revolución. Se alzaban en comunidad en Castilla contra la corrompida administración flamenca, ó se agermanaban en Valencia contra los atropellos señoriales. Cansaban á la guillotina al fin del siglo xviii, y al mediar el x i x alborotaban á Europa, derrumbaban un trono y conmovían á los demás. La revolución era trabajo, actividad, movimiento y fuerza de individuos y de masas. Véase ahora esa muchedumbre que abandona en orden los campos y los talleres, que pasea en silencio las plazas, cruzados sobre el pecho los brazos que debían estar sobre la máquina ó el azadón. ¿Qué pide esa muchedumbre? Menos trabajo. ¿Cómo lo pide? Con la huelga. Otra multitud corre por las calles cerrando tiendas y rompiendo cristales. ¿Qué quiere? El descanso dominical. ¡Siempre descanso y huelga! ¡Cuánto han variado las rutas de la desorientada humanidad en lo religioso, en lo social, en lo político, en lo científico! Sólo permanece constante y fijo un rumbo, desde la sociedad primitiva á la presente: el que dirige al puerto tranquilo del reposo. Ea humanidad quiere regresar al Paraíso terrenal después de haber corrido y trastornado la tierra. Es como si quisiera volver á la inocencia después de haber corrido las borrascas del mundo. Podrá acaso encontrar la huelga del cuerpo: no encontrará la huelga del espíritu, más conturbado y trabajado cada día. EUGENIO DIBUJOS DE MÉNDEZ BKINGA