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sociedad, eterna viajera embarcada en este nuestro globo, cambia incesantemente de rumbo, como tripulación perdida y desorientada en busca del puerto de su destino. Párase unas veces, capea temporales y aguanta tormentas; otras veces apresura vertiginosamente su marcha, impelida por vientos favoi- ables ó arrastrada por durísimos huracanes. Así va marchando la civilización, llevada de vientos flojos, con escaso pero tranquilo andar en la edad antigua; parada en la calma tenebrosa de la edad media; arrastrada en la moderna por torbellinos revolucionarios, que le hicieron ganar en un día el camino atrasado en muchos años, aunque á riesgo de hundirse en la borrasca, apresura. dose en los dos siglos últimos con tal velocidad, que deia olviaado el punto de su paruaa. Y se halla tan distante, que el hombre actual es otro hombre que el de la edad prehistórica, así en lo interior como en lo exterior. Parecen distintas su naturaleza espiritual y su naturaleza corporal. ¿Quién reconocería, por ejemplo, en las encantadoras mujeres de ahora y en los exquisitos poetas y oradores griegos y romanos, en los refinados artistas del Renacimiento, en los filósofos y científicos de los días modernos, á aquella semibestia de cabezota aplanada y obtusa, casi sin frente, casi sin cráneo, casi sin meollo y casi sin palabra, que pensaba con el instinto v aullaba más qrte n biaba con monosílabos guturales aprendidos por imitación de los animales, compañeros de su vida selvática? Y en medio de esa transformación total en que parece como si se hubiera roto y truncado la cadena de la generación humana, hay algo que permanece y perdura fijo é invariable, y es la inclinación á la pereza. El hombre es un ser substancialmente perezoso; un tardígrado de dos pies. El ocio es su naturaleza, como la de la ardilla es el movimiento. -Recuérdense sus primeros actos en el Paraíso. Apenas creado Adán, se tendió á dormir; y en aquel sueño, Dios le extrajo la costilla con que formó á Eva. La humanidad nació en el ocio y destinada á vivir en él si no se lo hubieran frustrado sus primeros padres. Mírese, para comprobación, á las razas xñejas, á los pueblos orientales, á los que están más atrasados, y por ello más cercanos á la naturaleza primitiva. Son los más indolentes. Han inventado el fatalismo para no preocuparse con las agitaciones de la existencia ni con las incertidumbres de lo porvenir. ¿Lo que ha de suceder está escrito? Pues no tienen que hacer sino esperarlo en cuclillas, como les enseña la postura simoólica de las divinidades indias. No viven la vida: la van pasando desmayadamente. No la dis. frutan; la reposan. El opio la adormece. Y mírese también á las instituciones humanas que se dicen fundadas en la naturaleza: la institución de la familia, y dentro de la familia la institución tetjtamentaria. La ciencia del derecho creó la herencia para liberar del trabajo á los seres queridos. El primer deseo de un buen padre es el de acumular bienes para que sus hijos no trabajen en lo futuro. Toda la historia de la humanidad 3 todos los estudios del hombre se dirigen á u n ideal: el de vivir con mucha comodidad y poco trabajo. Fueron sin duda duros y afanosos sus primeros días, allá en la época del mamuth y del reno, cuando abandonado á sus fuerzas sobre el haz de la tierra, errante por los bosques ó guarecido en las cavernas naturales, el hombre se veía obligado á buscarse el sustento, ni más ni menos que cualquiera d é l a s especies irracionales. Pero bien pronto aguzó el ingenio y abusó de él para desarrimarse del trabajo y cargarlo sobre ellas. Empezó á domar á los animales para ponerlos á su servicio, convirtiéndolos en criados y agricultores gratuitos. Sacó punta hasta á las piedras, y las afiló para convertirlas en instrumentos de trabajo que le ahorrasen el suyo. Sacó lumbre de los pedernales y encendió el fuego par 5 Ímular el calor del sol cuando le faltaba, y, tirano cruel de la naturaleza, la sacrificó entera á su comodidad, amputando los