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R I N C O N E S DE M A D R I D L 0 BgLCone u la m t m iil ABIDO es que en el plan de obras contiguas al Palacio Real presentado por el ilustre Saqueti, figuraban una catedral, un teatro, un viaducto y la prolongación en dos alas de la fachada principal de la regia i- esídencia, formando la rran plaza de la Armería, cerrada en su frente por tina verja monumental. El teatro, la plaza de Oriente y el Viaducto, son obras realizadas en el reinado de Isabel II; la Catedral se empezó en el de Alfonso XII, y la plaza de la Armería se acabó durante la regencia del actual Monarca Alfonso XIII. El plan de Sacjueti, corregido y aumentado en armonía con las posteriores reformas y mejoras municipales, más qtie pese á la desconfianza de nuestros antepasados, ha tenido plausible realización. La disposición de la citada plaza de la Armería da singular idea de grandeza y contribuye á fijar en los sentidos las proporciones majestuosas palacio que hizo exclamar á Napoleó: visitar al rey su hermano: ¡Estás mejor jado que yo! Tiene aquella plaza el encanto de la tensión; pero aparte de esto, para tod mundo tiene otro encanto singularís: sugestivo, muy madrileño, muy racic también. El encanto de aquellos balee prodigiosos, recreos del ánimo y expan; gratuita de los espíritus curiosos ó me cólicos. Madrid es raro, es antitético. A los qu: minutos de caminar alejándose del cen de la turbulenta Puerta del Sol, de la lujosa Carrera, de la grandiosa calle de Alcalá, entramos en barrios míseros, en los que se detuvo el tiempo enredado en sus callejones; en los que vive la gente en la calle y en ella guisa y se peina y charlotea y tiende la ropa, como si fuesen tribus nómadas habituadas á la intemperie más que al recinto incómodo de las chozas. Si miramos hacia la parte sur y oriental de las afueras, el paisaje es triste, ceniciento, de una esterilidad desconsoladora. Tiene aquel paisaje su alma, pero muy íntima, muy escondida en la planicie gris, muy difundida en la extensión del desierto castellano... Por contraste, á la parte del poniente y hacia el norte, cambia la decoración de un modo que sorprende. Y para recibirla plena sensación de lo undoso y fresco y admirable, como trozo magnífico de naturaleza, hay que asomarse á los balcones de aquella plaza de la Armería y beber por los ojos la gran hermosura de los campos fértiles. A nuestros pies. se extiende la arboleda altísima del Campo del Moro, una floresta encerrada en dorada verja que refleja la luz del sol con ráfagas resplandecientes: más allá, entre alamedas seculares, la iglesia de San Antonio, ilustrada por el pincel de Goya; los barrios lejanos y humeantes en que el obrero vive; el río impuro, brillando á distancia con argentina pureza; los puentes vetustos, los carriles modernos los bosques inmensos de la Moncloa y la Casa de Campo; los encinares del Pardo, y más lejos, más lejos, cerrando el horizonte como una barrera gigantesca, la alba sierra, nevada, refulgente, recortando su augusto perfil sobre el azul del cielo, ó desvanecida entre rosadas brumas de una ideal y delicada transparencia. Aquel inmenso cuadro viviente y vigoroso mantiene su gran belleza natural á través de todas las estaciones. Es alegre y tortísimo en primavera, en que el olor de la savia se difunde como un efluvio de fecundidad maravillosa. Es melancólico en los días otoñales, teñidos de aquel rojo suave de la hoja muriente: es severo y triste en el invierno, en que los soplos helados del Guadarrama sacuden las ramas esqueléticas de aquellos bosques, que chocan con clamor de huesos desamparados y con sordas quejumbres de fantasmas heridos... Desde los balcones de la Armería vemos l a parte viva, fecunda y esplendorosa de la tierra que rodea á Madrid. Desde aquel sitio podemos entablar un diálogo mental con la sierra llena de nieve, refrigerante y hermosa mientras el calor hace hervir la arena de la gran plaza y avienta á las palomas que constelan de manchas azules y movedizas el gran arco zodiacal que corona la fachada del palacio regio. DIBUJO DE BEGtnOB J o s é NOGALES