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los alientos, los corazones vacíos de esperanza. Volvió la vista hacia Pablo, y con voz parp. cida á la música de los astros, cantó el Radiante Apolo: -No me llagas perecer, Señor. Señor, defiéndeme. Pronto tendrías que volverme a l a vida. Yo soy la flor y la alegría del alma humana. Yo soj la luz y la nostalgia de lo Divino. Mejor que ningún ser vivo sabes, Señor, que el canto de la tierra no volará al cielo si se quiebran sus alas. ¡Santos Hombres, no hagáis que perezca la Poesía... Hubo una pausa. Pedro alzó sus miradas á las estrellas. Pablo cruzó las manos sobre el puño de su espada, apoyó en ellas la frente y permaneció abismado en sus ensueños. Luego se levantó. Trazó el signo de la cruz sobre la radiante cabeza del dios y dijo; -Que viva, pues, la Poesía. Apolo se sentó, sin dejar la cítara, á los pies del Apóstol. Las luces de la noche brillaron más intensas, los jazmines despidieron más penetrante su perfume, las fuentes lejanas rieron con más alegría. Juntas, como una nidada de cisnes blancos, con las voces aún temblorosas de mied 5, las musas comenzaron á cantar dulcemente palabras cual jamás las oyó el alto Olimpo. Santa Madre de Dios, ampáranos con tu manto glorioso... No rechaces nuestras súplicas... Líbranos de los peligros que nos acechan... Virgen gloriosa... Así cantaban, sentadas en el césped, los ojos en el cielo, las nueve musas como nueve blancas 3 pías religiosas de un convento. Pasaron después los demás dioses... Pasó en voleo impetuoso el cortejo de Baco, salvaje, desenfrenado, coronado de pámpanos y de hiedra, empuñando tirsos y cítaras, lanzando gritos de delirio, de desesperación, de locura. para hundirse en el abismo sin fondo. De, spués surgió ante Pablo y Pedro otra divinidad. Altiva, arrogante, amarga, sin esperar preguntas, sin escuchar la sentencia, habló, con sonrisa despreciativa en los labios: -Yo soy Palas Atenea: no os pido la vida, porque no soy más que un fantasma. Ulises me escuchó y me adoró hasta llegar á la vejez. Telémaco, hasta el día en que sus mejillas se cubrieron de barbas. Vosotros mismos no sois capaces de arrebatarme mi inmortalidad, porque soy imperecedera... Pero, en cambio, sabed que nunca he sido más que una sombra vana, que no soy sino sombra, y sombra seré por los siglos de los siglos. Por fin le lle ó el t u m o á Ella: á Ella, á Venus Afrodita, la diosa del amor, la más bella, la más fervientemente adorada. Suave, inefable, emocionada, se acercó. Bajo su pecho de nieve sti corazón palpitaba rápido, desatinado como el de un ave: sus labios rojos temblaban como los de un niño que teme el castigo. Y cayendo á los pies de los Santos Hombres, tendió hacia ellos sus brazos divinos é imploró humildemente llena de pavor: -Soy culpable... soy criminal... Mas, ¡oh Dios mío! soy la Felicidad humana. ¡Misericordia! ¡Señor, perdonadme! ¡Soy toda la P elicidad humana! ¡la única! Y su voz se apagó entre sollozos. Pedro la contempló, y sobre sus cabellos de oro posó la mano venerable. Pablo arrancó del suelo un ramo de azucenas, le puso en manos de la divina criatura, y dijo; -Has de ser como este cáliz... pero vivirás, vivirás, P elicidad humana. En esto se hizo de día. En lo alto de las cimas rocosas el alba sonrosada apuntó. Callaron los ruiseñores. Los jilgueros, los pardales, los pinzones y las cogujadas, sacando sus cabecitas perezosas de entre el abrigo de sus alas, sacudieron los plumajes cargados de rocío y cantaron alegremente: -Y a está aquí, aquí, aquí, la aurora... La Tierra se desperezó sonriendo y despertó gozosa, pues la habían dejado la Poesía y el Amor. ENRIQUE DIBUJOS DE VAEELA SIENKIEWICZ