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b a almohada A tarde antes del combate, Bisma, el ve terano guerrero, el invencible de luens brazos, reposa en su tienda. Sobre el cho Ganges, el sol inscribe rastros ber, ojos, toques movibles de púrpura. Cuando se borran y la luna asoma apaciblemente, Bisma junta las manos en forma de copa y recita la plegaria á Kali, diosa de la guerra y de la muerte. ¡Adoración á ti, divinidad del collar de cráneos! ¡Diosa furibunda! ¡Libertadora! ¡La que usa lanza, escudo y cimitarra! ¡A quien le es grata la sangre de los búfalos! ¡Diosa de la risa violenta, de la faz de loba! ¡Adoración á til Mientras oraba, Bisma creyó escuchar una ardiente respiración y ver unos ojos de brasa, devoradores, como de loba hambrienta, que se clavaban en los suyos. Jamás Kali, la Exterminadora, se le había manifestado así: un presentimiento indefinible nubló el corazón, del héroe. Casi en el mismo instante la abertura de la tienda se ensanchó y penetró por ella un hombre: Kunti el braman. Silencioso permaneció de pie ante Bisma, y al preguntarle el Longibrazo qué buscaba á tal hora allí, Kunti respondió, espaciando las palabras para que se hincasen bien en la mente: -Sisma, sé que al raj ar el sol lucharéis los dos bandos de la familia, hermanos contra hermanos. Quiero amonestarte. edita, sujeta las serpientes de tu cólera. Qué importan el poder, los goces, la vida. Son deseos, aspiraciones, ilusiones; el bien consiste en la indiferencia. El sabio, cuando ve, oye, toca y respira, dice para sí: -Es otro, no j o mismo, no mi esencia quien hace todo esto. El insensato está aherrojado por sus deseos. El autor del mundo no ha creado ni la actividad ni las obras: lo que tiene principio y fin, no es digno del sabio. Junta las cejas, iguala la respiración, fija los ojos en el suelo... y no pienses en pelear contra tu descendencia. -No es igual el braman estudioso al chatria batallador- -contestó desdeñosamente Bisma. -Para el chatria, no hay manjar tan sabroso como un combate. Para el chatria, la muerte es muy preferible á la deshonra. El varón á quien agradan los quehaceres propios de su casta, ese es varón perfecto. Además, también sé yo, aunque rudo, mi poco de filosofía, y te digo, en verdad, que la muerte no e. xiste. El alma es invulnerable; lo que perece es el cuerpo. El alma es eterna. Si abandona mi cuerpo, pasará á otro nuevo y robusto, ¿Qué matamos? Un despojo, un poco de tierra. Déjame dormir, que necesito fuerzas para mañana. Retiróse Kunti entristecido; había visto (fúnebre presagio) alrededor de Bisma una niebla roja. Pasó la noche meditando, hasta que al amanecer le sobrecogió el alboroto de las caracolas, tambores y trompetas; los ejércitos iban á entrechocarse, á abrazarse con el abrazo formidable de dos tigres en celo. Las falanjes ondulaban; cuando se confundió su oleaje, se alzó un estrépito como el del mar en días de tormenta; más alto que aquel eco pavoroso, el clamor de Bisma retando al enemigo hizo temblar hasta á los elefantes portadores de torres repletas de arqueros, cuyas flechas silbaban y a desgarrando el aire. Bisma abría á su alrededor un círculo; ante su maza, esgrimida por los largos brazos nervudos, el suelo se cubría de carne palpitante; los más resueltos evitaban acercarse allí; se había formado una especie de plaza, que caminaba con el guerrero, variando de lugar según él avanzaba, más ancha cada vez. Circundando aquel emplazamiento libre se desarrollaba la lid, y atronaba su ruido formado por sonidos discordes: el pataleo y trajín de los infantes, el batir del casco de los caballos, el choque de las ferradas porras y de los garfios de hierro, el hondo campaneo de los escudos, el tilinteo de las campanillas que adornaban el pretal de los elefantes, el gemido de los moribundos, el largo silbo de las en 1