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CUESTIÓN ETERNA llslegó tu carta! I i odio ni despecho leyéndola sentí, ni el corazón se aceleró en mi pecho ni de ira ó de temor palidecí. ¡Estaba descontado! ¡lo sabía! Mientras lleno de amor te descubría mis impresiones por primera vez; mientras tú, avergonzada y temblorosa, con fu voz armoniosa fingías adorable timidez, ya sonaba en mi oído frase á frase el epílogo temido que Dios á las pasiones añadió. Ya creía scuclnar trémulo y fiero tu acento que fritaba; Caballero, entre nosotros todo terminó. ¡Todo! J o esperes que mí ardiente mano manche el papel con súplicas ó quejas, y lágrimas derrame y pida en vano que me digas, mi bien, por qué me deias. Perdóname y no llores; si antes, del m. al de amores solía sucumbir alguna hermosa, hoy que un doctor ejiperto analizando el mal ha descubierto que es una enfermedad muy peligrosa, cambia todo en amor de tal manera, que es el que adora con pasión, nocivo, infeccioso el galán que persevera, y el ingrato que olvida, un revulsivo. i 5 -v, ¡T e amé, sf! ¡Cuántas veces, p uesta en la tuya la mirada mía, y escuchando tu voz, sentí con creces pagada mi ferviente idolatría! Pero el tiempo pasaba, y fu voz de infle íiones no cambiaba y mi loco entusiasmo decrecía, y pensaba en mi horrible aburrimiento que es monótono y pobre el diccionario, y que sí es un pesar el aislamiento, el oír á diario el eterno fe adoro es un tormento. ¡Ya es ridículo amar! fJadie conoce el misterioso goce que tiene para el hombre su egoísmo. En el siglo actual no se concibe que haya un hombre que viva, si no vive consagrándose al cu o de si mismo, ni mujer que, fatídica figura, Sombra del arfe y cosa sin empleo, no deba ir á ocultar su desventura como olvidada y clásica escultura en el negro rincón de algún museo. Odíame, sí; mi corazón doliente, como la peña en medio del torrente, ve destrenzarse el manantial fecundo y queda triste, ennegrecido, aislado, mientras pasan rugientes a su lado los torrentes de lágrimas del mundo. Leopoldo bÓPEZ T) E SAñ D I B U J O DE V A L E R A C O U L L A U T