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-Tú le envidias, Yaix. -Yo... no... -A ti te aflige su dicha, su bienestar, su dinero, su talento. -No... no... -Pues bien; vuelve á su casa y dile de mi parte que le nombro walí de Toledo. ¡Señor, por Alah, no me hagas volver á su casa! exclamó Yaix. -Si no cumples esta noche la comisión que te doy para Cautir, mañana pondré tu cabeza en la punta de una lanza. Diciendo estas palabras se alejó Alhakem, y Yaix quedó anonadado. A l is pocos momentos apareció Yaix en la puerta del salón de Cautir, y allí se detuvo pálido, temi loroso, balbuciente. Los comensales, ante aquella aparición, se pusieron de pie, temiendo una desgracia, y sólo Ben- Cautir permaneció sentado, y mirando á su rival le dijo con serena frialdad: ¿Qué quieres? -Vengo á pedirte perdón... Alah h a despertado la voz de la justicia en mi alma, y declaro y reconozco que he sido grosera é injusto contigo. Tú, Cautir, eres rico, y nosotros tan pobres y humildes que no merecemos besar tus pies. Tú, Cautir, eres generoso y de alma espléndida, y nosotros miserables é indignos de tu amistad; tú, Cautir, eres un gran poeta, y nosotros cerriles copleros faltos de inspiración y de energía moral; tú eres sabio y nosotros ignorantes; tú eres puro y nosotros torpes; tú eres el águila y nosotros los reptiles. Cada una de estas frases de Yaix caía como acero derretido en el corazón de aquellos envidiosos. -Ahora, Cautir, añadió Yaix, vengo de parte de Alhakem á decirte que serás nombrado walí de Toledo, y que ya con la representación del califa podrás disponer de nuestras vidas y haciendas y eclipsarnos con tu poderío. Esta noticia aumentó las represadas amarguras del humillado auditorio. Después Yaix, que iba graduando los efectos psicológicos de sus intenciones, se puso de hinojos y dijo á sus amigos: -Ea, compañeros, prosternémonos delante de, Cautir. Los moros repugnaron llegar á tal extremo de humillación, y mientras Yaix permanecía en tierra, se fueron escurriendo hacia la jiuerta con el corazón palpitante de envidia. No tardó mucho en reunirseles en la calle el pérfido rival del generoso poeta para inducirles con violentas frases á que asesinasen al hombre que así con su fortuna y su ingenio les eclipsaba, y siguiendo las instigaciones de esta venganza que satisfacía las crueles ansias de su envidia sarracena, penetraron todos de nuevo tumultuosamente en el salón de Cautir y rasgaron con sus puñales las carnes del poeta en aquel mismo espléndido teatro de sus generosidades, -mientras Yaix se dirigía al palacio de Alhakem para decirle: -Seño- r, ya he dicho á Cautir que será nombrado walí de Toledo. He cumplido tu comisión. Ahora... jAlah sobre todo! De esta suerte eran la vanidad, la envidia y la hipocresía, los defectos y los vicios de los ilustrados árabes españoles. ¡Dios quiera que nosotros no hayamos heredado de ellos cosa alguna! (i) DIBUJOS DE ESTEVAN RAFAEL TORRÓME (1) No sólo fué la envidia causa principal de que se cerraran las academias literarias de los árabes, como se desprende de la narración que D. Antonic Martín Gamero inserta al finalizar el capítulo V de la segunda parte de su Historia de Toledo, en el cual pasaje se insyira esta leyenda, sino que también la envidia motivóla clausura de las academias literarias españolas en los siglos xvi y ivu, como maestra con ejemplos prolijos la historia de nuestra literatura