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jando situación análoga á la suya, tenían francas declaraciones para Zaida y amargas ironías para Cautir. Llegó la hora de la velada: el salón estaba espléndido y brillante, el tubo de hierro esparció templado calorde estufa, sentáronse los moros formando semicírculo alrededor de la lumbre, y de vez en cuando dirigían furtivas miradas hacia la reja del harem, en cuyo fondo, á través de tupidas celosías, apenas se dibujaban las obscuras siluetas de seres humanos. Leyeron la Msie, recitaron algunos versos los comensales, y después de que Cautir recibió muy nutridos aplausos de sus amigos, se levantó Yaix á leer la atrevida poesía con voz en que la pasión temblaba en la garganta. Las estrofas se dirigían hacia la reja como descargas pasionales, y las ironías contra Cautir llegaban á él como saetas envenenadas. Los moros, que se percataban de la doble intención de aquellos versos, tomaban regocijados silenciosa parte en la venganza, y al terminar la lectura de la poesía, inspirada, sonora, varonil y gallarda como jamás allí se había recitado otra, resonó una gran salva de aplausos, con la cual los moros se vengaron de las esplendideces con que Een- Cautir les favorecía y les humillaba á un tiempo mismo. El anfitrión aplaudió también, y después con la mayor calma dijo, como acostumbraba; ¿Qué objeciones pueden hacerse á los versos que se han leído? Todos guardaron silencio, y ya iban á prorruiiipir- en- nirásM aes xocesjiiciendo que eran muy bellos, cuando escucharon que de la reja del harem salía una voz femeninaqüFexcTamaba: -Esos versos no son de Yaix, sino del insigne maestro Abderramán- ben- Isaac- ben- Modareg. -Es verdad, Zaida- -exclamó Yaix lleno de cólera; -pero también es cierto, como ellos dicen, que Cautir es un imbécil y que yo te amo. Diciendo estas palabras, se precipitó hacia la puerta y se alejó de allí sin volver el rostro. Todos pensaban que Cautir le perseguiría para vengarse; pero el moro se cruzó de brazos, y como si nada hubiera sucedido, dijo á sus criados: -Servidnos la cena. Tan ciego salió Yaix de la casa de su rival, que, una vez en la calle, no observó que tropezó con van o s magnates árabes, lastimando á uno de ellos, lo cual produjo la natural protesta del atropellado, en tanto que, deteniendo á Yaix, le preguntó de aquellos hombres el que parecía iefe y caudillo de todos: ¿Quién eres tú, que así andas; de dónde vienes y adonde vas? Yaix reconoció á la luz de las antorchas de su séquito que era Alhakem I I quien le hablaba, y cayendo de rodillas, exclamó: -Señor, perdón; no os creía en Toledo... Yo soy Yaix, hijo de Muhammad; vengo de la Academia literaria de Ben- Cautir y voy hacia mi casa... -Tu semblante revela que allí te ha ocurrido algo extraordinario. -He tenido un disgusto con Ben- Cautir. ¿Por qué? -Porque... es un hombre soberbio, altivo, necio, vanidoso, que nos ofende con su riqueza y nos molesta con sus versos.