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1 1 i. E. títi bA ENVIDIA SAP -RACENA (L E Y E N D A DE TOLEDO) doctos literatos y los más ilustres poetas de la gran ciudad; y allí, durante los meses del invierno, celebraban sus veladas en vastísimo salón alrededor de un gran tubo de hierro del vuelo de tin hombre, cubierto de molduras doradas y repleto de leña de encina hecha ascuas. Todo era allí espléndido y rebosante de magnificencia; el lujo se superponía al lujo, el arte al arte. Sobre los riquísimos aliceres se extendía la más preciosa alfombra de tafilete; por delante de los arabescos murales pendían y colgaban tapices y paños labrados; velando la techumbre, cuyas molduras recaladas parecían ensueños de huríes, desprendíanse colgaduras y doseles de cachemir y damasco; en los ángulos del salón se alzaban sobre columnas de pórfido repujados pebeteros de plata, y los moros, sentados en dobles almohadones de lana y seda, oían ó recitaban sus versos, respirando en tanto aquel ambiente de suspiros de virgen, dulce, tibio y perfumado. Comenzaban sus conferencias leyendo con voz solemne y cadenciosa la hizbe, ó sección correspondiente de su libro santo, como obligado proemio de sus pláticas; después recitaban sus obras poéticas y las discutían con la emoción del amor propio revuelto, y, por fin, los criados de Ben- Cautír encendían los pebeteros que arrojaban bocanadas de humos bien olientes y rociaban á todos los moros con agua de rosas. En seguida servían á los comensales carnes de cabrito en abundancia, aves y otros manjares; después leche cuajada y en espuma, manteca, alajú y variedad de dulces, y, por fin, sabrosas frutas del tiempo, entre las que no faltaban dátiles adobados. Ben- Cautir era rico, generoso, magnánimo, literato selecto, poeta inspirado y hombre tan benigno, que acogía en su casa y regalaba en su mesa á sus rivales y á sus émulos, desdeñando en ellos su malevolen. cia en gracia á las bondades de su ingenio; y llevó á punto tal. esta grandeza del alma, que permitió que frecuentara su palacio el temible Yaix- ben- Muhammad, tan rival suyo, que no sólo pretendió arrebatarle la supremacía lírica entre los vates de Toledo, sino los amores de la hermosa Zaida, cuyo padre, desdeñando á Yaix, entregó su hija á Ben- Cautir para que fuera su mujer favorita y la reina de su harem. De esta rivalidad quedaban los rescoldos en el corazón de Yaix, el cual, bajo el dulzor de expresiones amistosas, ocultaba sus acerados odios contra Ben- Cautir que, m u y ajeno de ello, pensaba que la hoz del olvido había segado aquellos sentiniieritos. No era, sin embargo, Ben- Cautir tan perfecto que no tuviese defecto alguno; participaba de los de su raza: era vanidoso, porque el árabe cuando se instruye, como su caballo cuando se empenacha, se yerguen y pavonean y creen que no tienen par. De esta suerte, Ben- Cautir se embebecía con sus propios versos, los escribía con el cerebro y se los escuchaba con toda el alma, y queriendo que sus mujeres saboreasen con él los triunfos que obtenía en sus veladas, comunicó por medio de una reja el harem con el salón, de manera que, á través de gruesos hierros y de espesas celosías, pudieran presenciar ellas, con el rostro encubierto, las victorias de su musa y los rendidos plácemes de sus émulos. Desde que los contertulios de Cautir supieron que las mujeres iban á escucharles, sintieron todos más enconadas sus competencias, singularmente Yaix, que sabiendo que su hermosa Zaida había de ser testigo de las arrogancias de su ingenio en aquel torneo, andaba caviloso pensando agudas sátiras contra su. rival, y preocupado imaginando expresiones eróticas por donde se revelase el escondido fuego de su alma; pero como no las pudiera hallar en sí mismo, porque la pasión, cuanto más cierta, sale con más incertidumbre á los labios, resolvió copiar los versos anónimos de un viejo pergamino que, refle- tiempos de Alliakeni llegaron á su esplendor más alto, reENuníanse en el palacio II, cuando las letras árabes españolasAlmed- ben- Said- ben- Cautir, los más que poseía en Toledo el rico alfaquí