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holgazana, cochina y torpe, ton ló cual se enardeció la mujer á sí misma, se llenó de razón, se convenció de la justicia del castigo, y levantándole las faldas, la madre postiza le dio á la Madrecita una azotaina de las que dejan las carnes amoratadas. Al fin, el amigo tuvo que decirte: Déjala, mujer, que bien de veras está llorando. -Pues que siga así, -dijo la mujerona separándose de la niña, pero volviendo de cuando en cuando la cabeza para lanzar á la pobre criatura miradas de odio y de cólera. La Madrecita quedó tirada en la acera, con los puños en los ojos, sollozando hondamente y sin aliento casi. El llanto se regularizó. Se le dilató el pechito, los sollozos ya se oían, y las lágrimas le corrían por las mejillas con abundancia y regularidad. La niña había caído, como hemos dicho, sobre la acera, al pie de una ventana baja de una casa lujosísima, y desde la ventana había estado observando el pequeño drama, pequeño por la heroína, grande por el dolor, una niña como de diez años, que tenía en brazos una preciosa muñeca de gran tamaño. Abajo, la niña de la pordiosera sollozando; un poco más arriba, inclinándose fuera de la ventana, la niña aristocrática mirándola con ojos húmedos y compasivos. Entre aquellas dos almas pequeñitas debió establecerse, por misteriosa simpatía, algo así como un pequeño telégrafo sin hilos. Por lo menos, un diálogo en voz muy baja, que se desarrolló de este modo; -Oye tú, niña, ¿por qué te han pegado? -No sé. ¿Es tu madre? -No tengo madre. ¿Es tu abuela? -Puede que lo sea; abuela la llaman todos. ¿Te ha hecho mucho daño? -Como que todavía me duele. N o seas tonta, no llores. -Pues entonces, ¿qué he de hacer? -Consolarte. Qué es eso? -dijo la Madrecila levantando sus ojos hacia la niña de la ventana; y como el llanto los había limpiado, parecían azules y bonitos. -Eso es ponertealegre, -dijo la niña aristocrática riendo. -Bueno; si usted quiéreme pondré alegre- -dijo la Madrecita; píír qué estoy, sino para obedecer á todo el mundo, -y se echó á reir. Por el telégrafo sin hilos, entre la acera y la ventana, corrieron risas infantiles. ¿Cómo te llamas? -Me llaman Madrecita. -Esa no es una Santa. ¡Anda, anda, no ha de ser Santa! -No está en el almanaque. -No sé; pero yo madrecita soy. ¿Y tienes niños? -Eso sí que no tengo, -dijo la niña volviendo á su tristeza. Y poniéndose en pie, mirando hacia la ventana con áusia, extendiendo el bracito y apuntando con el diminuto dedo hacia la niuñeca, agregó con envidia, casi con ira: usted sí -Sí, es mi hijita. -Yo no tengo hijita, no tengo más que abuela; y se echó á llorar otra vez. Ea niña de la ventana se inclinó aún más hacia fuera, le latió el corazón como late cuando aconseja alguna acción hermosa, y en voz muy baja le preguntó á la niña pobre, y al mismo tiempo saca- ba del todo la m uñeca p ar a que le diese bien la luz: -Mírala; ¿te gusta? Ay, sí me gustal- -dijo la Madrecita, extendiendo los brazos hacia arriba, como extienden los brazos los devotos hacia los Angeles y hacia la Virgen. ¿Te gustaría tenerla? ¿Para besarla? -No, para ti. ¿Para mí... -Para ti sieñipre. -Pero ¿cómo? -Mira, no llores, ponte contenta y tómala, que yo te la doy para ti; y le echó la muñeca, que recibió en sus brazos la Madrecita. Después la de arriba, riendo y casi llorando, se retiró de la ventana. La Madrecita se quedó en pie en la acera, con los ojos muy brillantes, mirando hacia la ventana vacía y apretando la muñeca entre sus bracitos. Ni se daba cuenta de la situación, ni sabía lo que le pasaba. Los golpes ya no le dolían. Los lagrimones se habían secado sobre las sucias mejillas, los ojos miraban, no hacia el cielo, sino, hacia el fondo obscuro de la ventana, que era para la Madrecita otro cielo más luminoso que el de arriba; y el corazoncito le latía violentamente. A todo esto apretaba y apretaba la muñeca contra la descarnada tablita de su pecho. Al fin se convenció de que la muñeca era suj a;