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Prefería á faugarse l o s brazOS 2 LA MADRECITA A sí se llamaba una chicuela de pocos años. La edad no se sabe á punto fijo; ni en ciertos seres míseros, nacidos en el abandono y criados en la miseria, es fácil adivinarla. Podía la niña tener cinco años, y podía tener oclio ó más; como las ráanclias no se podían contar sobre sus andrajos, ni se podían contar los desgarrones, no se podían contar en su cuerpecito las lloras de dolor, de hambre y de miseria. ¡Qué son tres ailos más ó menos de vida en una chicuela de la calle! Unos cuantos lamparones más sobre el alma, unos cuantos estremecimientos más por el cuerpo, y algunos angustiosos latidos de más ó de menos en el corazón. La niña no parecía bonita. La miseria pocas veces fabrica estatuas griegas. Con el barro se hacen primores; pero hay que pasarlo por el fuego. Con estiércol y barro se amasan adoves, y no es poco. La niña no era bonita, repetimos, ó no lo parecía, que la verdad vaya usted á conocerla en este mundo. Acaso lavándole la cara, dejando que se cicatrizasen linos cuantos arañazos, peinándole bien los revueltos cabellos, refrescándole los ojos y aseándolos convenientemente, que al fin y al cabo ni el mismo cielo es azul si aguaceros y vientos no lo limpian de nubes, resultaría una cabecita mona; pero esto no lo sabemos, porque ni en el Manzanares, ni en el Canalillo, ni en las fuentes públicas, se hizo jamás el experimento. Con los humildes de la Tierra, de estos experimentos se hacen pocos. Convengamos, pues, provisionalmente, en que la niña era sucia y casi fea. Cuidaba de ella, ó mejor dicho, la explotaba para pedir limo. sna, una mujerona de cincuenta años, mal encarada y por añadidura holgazana y brutal. en cualquier trabajo fatigar las piernecitas desnudas de la niña, haciéndola correr por las aceras tras los caballeros y las señoras con importunidades quejumbrosas de hija prestada de pordiosera. Para completar la biografía de nuestra heroína, sólo diremos que se ignoraba su nombre; otros chiquillos y otras chiquillas de otras mendigas le habían puesto por mote ¿a Madrecita, porque la chiquilla mostraba gran ternura para los niños más pequeños- que ella, y aun para los perros chiquitos. Los cogía en brazos á los unos ó á los otros, les tapaba con algún jirón de sus guiñapos, les mecía dulcemente y hasta intentaba cantarles alguna canción aprendida en el arroyo, que siempre resultaba grosera por la letra, aunque casi melodiosa por lo argentino de la voz. Y por eso en su círculo de golfos y golfas, mendigos y mozos de cuerda, todos le llamaban la Madrecita. Vea usted qué contrastes: ¡resultaba Madrecita la que nunca había tenido madre! Y por las mañanas al salir á su oficio, le decía la mujerona mal encarada, mientras se bebía unas copas de aguardiente: Si hoy no me recoges por lo menos veinte perras gordas, buena paliza le espera á la Madrecita. T Y á las calles, y á rodar por las aceras. Sucedió una vez que, saliendo la mujerona y la niña á pordiosear, se metieron por las calles de una barriada nueva de casas lujosas, y como la mujerona se encontrase casualmente con un amig o tan mal encarado como ella, y éste le convidase á echar unas copas, convinieron en ir. se juntos. Pero antes ella le dijo á id Madrecita: Quédate aquí y espérame, que volveré dentro de un rato; si pasa alguien, sígnele hasta que te dé, por lo menos, uu perro chico. Habla claro, y no se te olvide lo que has d e decirle: Por clamor de Dios, que no tengo padre, y mi inadre se está muriendo, y tenemos hambre; qzie Dios se lo pagará; mire que 7 nipobrecita- madre no ptcede más. Y Sl es preciso te echas á llorar, y que llores bien, que no se te conozca que es de mentirijillas, porque vas á llorar de veras. Y lo mejor sería que te quedases llorando de verdad, porque así el que pasara vería lágrimas, que bien se marcan en tu cara sucia. Y diciendo y haciendo, para que el llanto de la niña tuviera todo el realismo que el arte moderno exige, le dio unos cuantos cachetes, llamándole